Tor Des Geants

Tor Des Geants 2015 faltan:

martes, 10 de septiembre de 2013

UTMB... revisited



Segundas partes....


Aún cansado y dolorido por lo que la ruta del UTMB hizo a mi cuerpecito, no quiero que pase mucho más tiempo para relatar mis vivencias en La Carrera.


El Ultra Trail du Mont Blanc, como muchos saben, es considerada la carrera de entre las carreras. Es el referente en las carreras de montaña y eso se ve durante la última semana de agosto en Chamonix. Hay gente de todos los rincones del planeta, europeos, americanos, asiáticos, africanos... sólo faltan los pingüinos.

El viernes a mediodía, después de dejar el bolso del Courmayeur (es una bolsa de plástico, no creáis que la UTMB da un Louis Vuitton –aclaratoria para Transquejicas) en la ENSA, el alpinista tinerfeño Alfredo S. Ramírez González y un servidor nos dirigimos a ocupar algún buen puesto en la línea de salida. Encontramos un hueco en el suelo, aproximadamente en la posición 400. Puede parecer que ya teníamos por delante a mucha gente, pero hay que tener en cuenta que a las 16:30 seríamos 2300 trailers trotando por las calles de Chamonix. El día, meteorológicamente hablando, era espectacular: sol brillante, cielo azul, brisa fresca... eso, si te mueves. Allí sentados en la Place de l’Eglise, "Lorenzo" nos iba sancochando poco a poco hasta el punto de que algunos corredores optaron por levantarse y moverse hasta posiciones más retrasadas, pero bajo unos toldos que les daban sombra. Gran decisión, no como la mía, que preferí quedarme en el sitio (craso error que pagué de madrugada).


El rato de espera estuvo amenizado por la señora Poletti (de cuya familia nos volvimos a acordar este año alrededor del km 30 de carrera) que se metió entre los corredores para darnos la mano y animarnos de viva voz en persona -se agradece- y por la música que nos iban poniendo. En medio del alboroto general, nos llegó de Champex-Lac una gran noticia de la CCC: Yeray Durán iba segundo. ¡Qué grande! A la postre, terminaría compartiendo la 5ª plaza con Txus Romón después de haber pasado momentos duros en carrera. Yeray Titán López #concepto. A la gran noticia, si es que se podía mejorar, se añadió la previsión meteorológica: íbamos a tener sol y cielos despejados durante casi toda la carrera. Pensé: “bien”. No me hacía gracia tener que pasar La Seigne, de noche, en medio de la niebla.


Después de lanzar los últimos besos volados a Sarito y de llamar a mi hija para decirle que la quiero mucho (lo que me dejó unas lagrimas en los ojos, lo reconozco), la música bailonga dejó paso a un breve silencio que daría paso a lo que todos esperábamos: Conquest of Paradise, de Vangelis. Uffffff, si tienes sangre en las venas y te gusta el trail-running, esa melodía te pondrá sí o sí los pelos de punta y quizás, como es mi caso, te haga llorar de emoción. En esos momentos, te giras y le deseas buena suerte al corredor que está a tu lado, lo conozcas o no, da igual, es un hermano de fatigas, va a sufrir más o menos lo mismo que tú, en esta carrera, en estas distancias, en este deporte del Ultra Trail, no hay rivales salvo las montañas, la meteo y el reloj; aprietas bien la mano del vecino y le deseas “bonne chance”, “in boca al lupo”, “buena suerte”, “good luck” mientras la música suena, desencadenando notas que nos llevan hacia el momento de la verdad. Esas notas musicales sólo se interrumpen para oír las palabras mágicas:


Dix, Neuf, Huit, Sept, Six, Cinq, Quatre, Trois, Deux, Un… 


... y el estremecedor grito de guerra y de ánimo de 2300 voces al unísono le ponen el vello de punta a las 50.000 personas que se dan cita en Chamonix para presenciar la salida de la UTMB. 


Después de haber estado en el UTMB del 2011 y ahora en 2013, tengo claro que el UTMB no es sólo una carrera, es un evento que hay que vivir, desde dentro o desde fuera. El UTMB es un destino turístico dentro de un destino turístico. Tan claro lo tengo que ya he planeado (si todo sale bien y para entonces podemos hacerlo) unas vacaciones con mi hija y con Sarito: hacer el TMB (GR 5) en unos 12 días, con final justo la semana del UTMB, para que ella vea el ambiente y para que viva en directo la emoción de la salida de La Carrera. 


Desde dentro del pelotón, lo que se vive en la carrera es un anticipo de lo que viviremos en cada uno de los pueblos repartidos en los 168km del recorrido: gente que durante este fin de semana vuelca sus recursos para hacernos un poco más agradable el esfuerzo. Ahora, es un túnel de gente de todo el mundo animándonos mientras nosotros, eufóricos, nos dejamos llevar de la emoción y trotamos a unos 12km/h en dirección a la gloria.


Al dejar atrás las calles de Chamonix, entramos en un parque y un bosque donde nos vemos obligados a hacer una parada técnica (pipi-pause), quizás demasiado temprana ya que en ese minuto nos adelantan cerca de 300 corredores. Da igual, en serio, esta carrera es tan larga que no importa mucho cuántos te adelanten, la carrera nos pone a todos en nuestro sitio.


En el sendero nos encontramos con Alberto Vega, del club BichilloRunner y no puedo evitar gritar “Ese bichillo!!!”. Lo sé, Alberto, allí nadie entenderá lo que eso significa, pero da igual. Al entrar en Les Houches ya empiezo a notar algo raro, preludio, me cuesta subir las escaleras de madera que dan entrada al pueblo. ¡¡¡Uff, qué calor!!! No es que hiciera canícula, pero yo ya siento calor con 27ºC en cotas de 1000m. Estoy deseando llegar a los 2000m para respirar algo de aire fresco. Me paso de largo el avituallamiento del km 8 porque llevo los bidones llenos y sé que en una fuente que hay en Motivon puedo recargar agua. Al saltarme el avituallamiento, me quito de delante a unos 100 corredores y veo maillots que no veía desde antes de mi parada técnica. Mola. Bajo el solajero de Alta Saboya, comenzamos a subir hacia el Col de Voza, alternando pista de tierra con carretera de asfalto y, como ambas vías son anchas, casi no hay sombra que nos cobije. No mola.


Como hace dos años, junto a una curva de las últimas casas, los vecinos han dispuesto un improvisado avituallamiento no-oficial en el que ofrecen agua y gominolas (pastillas de goma, Haribo®, etc.). Evidentemente, cojo un buen puñado y las meto en el bolsillo. Ese aporte de azúcar me vendrá bien más adelante, seguro. Ya he perdido de vista a Alfredo y prosigo mi ascensión lento pero seguro. Llegando al Col de Voza, entablo conversación con un norirlandés que quiere venir a correr la Transgrancanaria. Seguimos subiendo hacia Le Delevret y vemos que los ganaderos han preparado un puesto con agua. Increíble, cómo se involucra aquí todo el mundo. Que cunda el ejemplo.


La bajada hacia Saint Gervais es rapidísima e incluso peligrosa, bajamos por pistas de esquí y no queremos destrozarnos los cuadriceps en este momento de la carrera porque los necesitaremos más tarde, pero es inevitable ceder a la ley de la gravedad cuando el sendero se inclina mucho más. Decido que puedo arriesgar un poco y me dejo llevar por la velocidad para adelantar unos puestos y así no verme metido en un embotellamiento cuando lleguemos a Motivon. Buena decisión. En las casas de ese barrio hay otra fuente y algunos nos detenemos a cargar agua y ahorrarnos las colas en el avituallamiento. El descenso culmina entrando en Saint Gervais donde el pueblo nos recibe como a héroes. En esa localidad francesa tengo el gusto de encontrarme con dos corredores catalanes con quienes comparto un comentario sobre la música. Les hablé en español (el castellano no se habla en España desde hace siglos) y me miraron atravesadísimos, ni me contestaron, sólo siguieron hablando en su lengua materna. Tras ese momento, me despedí de ellos en catalán y entonces sí me respondieron. Igualito que los franceses con quienes pude hablar en inglés o los alemanes con quienes pude hablar en francés. ¡Coño! Hasta los italianos me llegaron a responder en español. Es cuestión de aperturismo mental. Yo sé decir cuatro cosas en catalán y, si me dicen algo en catalán, procuro responder en esa lengua. Algunos saben hablar en español, pero se niegan a hacerlo por “borreguismo” político. Como diría @Era_un_crass: “tamamasla!”. Algunas personas deberían leer el libro: Written in Blood: Ethnic Identity and the Struggle for Human Harmonyde Stephen Worchel.


En fin, choques culturales aparte, dejé Saint Gervais y me adentré en la zona, para mí, más incómoda de la carrera. El tramo no GR-5 entre esa localidad y Les Contamines. Ahí, comenzando a anochecer, empecé a sentir las consecuencias de la inicial espera bajo el sol. Cuando todo el mundo empezaba a ponerse más ropa, yo empezaba a sudar y me sentía agobiado. Seguía trotando, esperando llegar a Les Contamines y, justo después de pasar junto a la casa natal del descubridor de Neptuno, nos desvían a la derecha (probablemente porque el río venía crecido y cubría el posterior sendero) antes del puente. Ante mí, una interminable sucesión de lucecitas que ascienden y ascienden hacia el cielo. Me quería morir. Yo creía que nos iban a hacer subir el Mont Joly porque aquello subía sin parar, además, por asfalto. Afortunadamente, la ascensión era sólo de un par de kilómetros y enseguida nos volvieron a desviar y entramos en Les Contamines desde arriba. Miré el reloj y vi que mis tiempos iban bien, ganándole un buen margen al reloj. Como no me había podido parar en ninguna fuente a recargar, paré para meter agua y sales en los bidones y me tomé una sopa calentita, saliendo a ritmo suave para no quemar más azúcar antes de la subida al primer grande de la carrera.


Los fuegos de Notre Dame de La Gorge.


Poco después de Les Contamines, tras cruzar el sendero del bosque y el Parc de Loisirs, empiezo a oír de lejos la música y los cencerros, huele a barbacoa, señal inequívoca de que me acerco a Notre Dame. En 2011, de madrugada, no había casi nadie allí, pero este año, recién caído el sol tras las montañas, el pueblo entero estaba allí, con sus antorchas, iluminándonos el camino. Hasta Arnau Juliá, ganador de la TDS 2013, estaba por allí ¡Qué recibimiento! Son las cosas que te ponen los pelos de punta y que hacen de esta carrera algo mayor aún que la propia prueba deportiva. Tuve que grabar un vídeo. 
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Justo después de cruzar el puente comienza la ascensión hacia La Balme. A medida que subíamos, la temperatura bajaba y yo cada vez sudaba más. Venga a ponerse guantes la peña y yo venga a sudar. Como no quería sufrir de hipotermia en las cotas altas del Col du Bonhomme (2500m), decidí parar junto a la fuente del tronco para ponerme la térmica, el gorro y los guantes Leki® de esquí de fondo (para poder usar los bastones Leki® Traveller©Carbon, que tiene un sistema de anclaje de dragoneras muy particular). En La Balme no me paré mucho, me tomé una sopa y una taza de refresco de cola, me metí un gel de cafeína y tiré para arriba. 


La ascensión al Col du Bonhomme no me parece muy dura. Es un pelín larga, pero no es dura. Tiene rampas potentes, pero casi toda la subida presenta un desnivel asequible para subir cómodo. Lo mejor, ver en la oscuridad de la noche el infinito cielo, iluminado de estrellas, recortado por las montañas y, al volver la vista hacia delante, un brillo blanquecino en medio del camino: un nevero que tuvimos que cruzar, deleitándonos con el peculiar sonido que se produce al caminar sobre nieve. Al rato, llego a la cima del Col donde saludo y doy las gracias a los miembros de la Gendarmerie de Haute Montagne de Chamonix, que velan por nuestra seguridad a esa altitud. Dos franceses me adelantan a buen ritmo y decido seguirles para llegar pronto al Col de la Croix de Bonhomme, donde está el refugio y se inicia el descenso hacia Les Chapieux. En esa zona, pese a las predicciones, encontramos algo de niebla y tras pasar por el control de chips, iniciamos el descenso con cautela. El suelo está helado en algunas zonas, hay mucha agua y está resbaladizo, pero se puede bajar rápido. En cotas más bajas desaparece la niebla y la velocidad aumenta. Por detrás llegan dos españoles que bajan rápido y me uno al tren para adelantar corredores. Me divierto como un enano y me olvido del calor. Llegamos a Les Chapieux donde hay música y control aleatorio de mochilas. Este año no me tocó a mí, así que me ahorro unos minutos. Entro en el avituallamiento, me tomo una sopa, una taza de cola y cojo unas piezas de chocolate. Salgo en busca de la fuente para cargar agua y me paro en una mesa del Auberge La Nova para limpiar las zapatillas y ajustar los cordones, ya que en el descenso noté cómo se desplazaban las UltraRaptor© hacia delante (eso me pasa por no atarme bien las zapas). Llego a la fuente, cargo agua y sales, les pongo las punteras de goma a los bastones y me adentro en la carretera de asfalto que asciende hasta la Ville des Glaciers, inicio de la ascensión al Col de la Seigne, frontera con Italia.


La ascensión es cómoda, iniciándose en unos zig-zag por pista de tierra y terminando en sendero que sube casi en línea recta, sin parar. No es una zona dura, pero yo no paro de sudar, miro a mi alrededor y veo a todo el mundo forrado hasta las cejas, echando vaho por la boca. Yo igual, pero muy acalorado, demasiado. Me harto y me paro para quitarme los guantes de Gore-Tex e incluso el gorro de lana Thinsulate®. Le digo a un francés que tengo mucho calor y me contesta que debo estar malo porque apenas sobrepasamos los 0ºC. Me dice que debo ir cómodo, “si tienes calor a 2500m -de altitud- con el termómetro rozando los 0ºC es porque tienes fiebre, refréscate”. Me abro el chubasquero e incluso la cremallera del maillot y me siento mucho más aliviado. Llego al Col, paso el control de chips y me lanzo al descenso hacia Lac Combal, donde nos espera otro avituallamiento. Llegando al puesto, empiezo a ver el cielo más claro e incluso puedo divisar en la oscuridad el blanco de los glaciares. Estamos en la puerta del Valle de Aosta, con los Grandes Jorasses a nuestra izquierda, Italia al frente y, al fondo del todo, el Grand Col Ferret, puerta de Suiza. Comienza a amanecer y llego al avituallamiento. Ritual, cargo agua y sales, bebo sopa, cola, como chocolate, plátano, un par de trozos de naranja y salgo con mi segunda taza de sopa a caminar por la pista de tierra en dirección a la Arête Mont Favre. Por el camino hablo con un señor inglés que ha estado en Gran Canaria varias veces y que conoce mucho la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria. Dice que quiere volver porque hace mucho que no viene. Le invito a que vea cómo ha cambiado la capital de la isla e incluso a que participe en la Transgrancanaria. Me dice que ya tiene planeado correrla. Hablamos del nuevo recorrido y se entusiasma. Comienza la ascensión a la Arista Mont Favre y el sol lanza sus primeros rayos por encima de las lejanas montañas. Me detengo para sacar una foto y un vídeo. Ahí me doy cuenta de que venía conmigo un titán del club 42195.es y varios italianos. Por cierto, aprovecho la coyuntura para indicar que las UltraRaptor© deben haberse agotado en Italia porque todos los del país de los Apeninos calzaban ese modelo de La Sportiva®.
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Sale el sol y caminamos entre vacas. Un pastor las ha sacado a pastar a primera hora de la mañana y ahí comprendes que la vida en las montañas es dura, pero no está exenta de encanto. Algunas vacas caminan junto a nosotros y vemos un cartel de la organización que nos advierte de lo evidente “Ganado suelto en el camino”. Ya, ya nos habíamos dado cuenta, jeje. Alcanzamos el punto de control de la Arête Mont Favre y me lanzo por el sendero que desciende hacia Col Checrouit, el Rifugio Maison Vieille, vamos, la casa de Giaccomo (si haces el TMB, pararás allí sí o sí, gran ambiente, riquísima comida y... la Grolla. No preguntes, cuando pernoctes allí, pide después de la cena una Grolla y diviértete). Al llegar al avituallamiento, recibo una de las grandes sorpresas que te da esta carrera: cuando estoy a punto de salir, miro a mi alrededor y me encuentro cara a cara con el gran Eolo. ¡¡Leches, no sabía que estaba aquí!!. Es la primera cara familiar (aparte de Arnau Juliá) que veo desde Les Houches. ¡¡Qué bien, un canario!!. Le pregunto que qué tal va y me dice que anda “j*dido”, que sólo puede beber agua con gas porque no le entra nada de nada, que ha vomitado mucho y que se va a tomar las bajadas con calma. Salimos juntos de allí e iniciamos el descenso hacia Courmayeur. Ayyyy, el descenso hacia Courmayeur!!! Me remito a la primera línea de este relato.


Esta vez gané yo... y que no sirva de precedente


Como a mí se me da bien bajar (jaaaaajajajajaja, ahora lo escribo y me parto) empiezo a bajar tranquilo, pero fiel a la máxima de ir cómodo, decido seguir a unos que bajan más rápido, adelantamos a un grupo de corredores y seguimos el polvoriento descenso que se inclina más y más. En un momento, a toda velocidad (18km/h +ó-) tropiezo con una raíz y vuelo hacia la pared de la derecha, me estrello contra un árbol con el muslo derecho y en el valle se oye un “TLAS” tan fuerte que hasta los tres que marcaban el ritmo del descenso se paran y me miran con pavor. Sus caras dicen “a este lo sacan hoy de aquí en helicóptero”. Sí, sonó a hueso roto. Quienes hayan visto la película “127 horas” o se hayan roto un hueso, o lo hayan presenciado, sabrán a qué sonido me refiero. Afortunadamente, pese al dolor, me dí cuenta de que ni me había desmayado, ni estaba llorando de dolor, así que comprendí que, esta vez, había ganado yo y no el árbol. El sonido lo había producido una rama que mi cuerpo y la energía cinética habían roto con el impacto. Uff, me toqué el muslo y me dolió mucho, estaba totalmente hinchado. De hecho, aún hoy me duele y ya ha pasado más de una semana. Ahí comprendí también que en Courmayeur no podría cambiarme de pantalón. Si me veían los de la organización con un moretón de ese calibre y quién sabe qué otra herida en el muslo, eran capaces de sacarme de la carrera. Retomé el descenso cojeando hasta que el muslo volvió a entrar en calor y pude trotar para entrar en la localidad aostana con algo de dignidad.


En Courmayeur me reencuentro con Eolo y comienzo el ritual de cambio de calcetines, limpieza de zapatillas, revisión de plantas de pie, cambio de camiseta y térmica y recarga de comida. Como no quería comer pasta, me había preparado un bocadillo de rösti. El rösti es algo así como una tortilla de papas, pero sin huevo. Es un plato típico suizo (o de los Alpes) que, después de prepararlo, metí en un pan y metí en el bolso de Courmayeur. Tan pronto lo vi, lo metí en la mochila, cambié las pilas del frontal y salí con Eolo. Total de la parada 47 minutos. Ya, un pelín “demasiado” pero en el avituallamiento central de esta carrera no te puedes dejar nada atrás y yo casi me olvido de las pilas.


Salimos de allí ascendiendo por las calles hasta encontrar otra de mis fuentes. Una que hay a la derecha, junto a unas casas, donde cargué los bidones y les metí sales. Saqué el bocadillo, le metí un buen bocado y ví como Eolo se quedaba mirando. Le dije que si quería un poco y aún habiendo vomitado todo alimento sólido que se metía, decidió probar suerte y comió. Afortunadamente, le debió caer bien, porque hasta le gustó, bueno, todo lo que te puede gustar un bocadillo de rösti a esas alturas de la carrera. Comenzamos el ascenso al Rifugio Bertone. Siempre, siempre se me ha atragantado esa subida. Hacía mucho calor y tuve que parar un par de veces. Junto a una piedra, en una curva del sendero, veo dos cosas rojas pequeñas y no me lo puedo creer. Dos fresas silvestres. Decido arriesgarme y me las como. ¡¡¡Cómo lo echaba de menos, qué sabor!!! Eso me da alas y un empujoncito para arriba. 


Entre los árboles, se empieza a adivinar la zona previa al Bertone que, sorprendentemente, llega antes de lo esperado. Le digo a Eolo que yo voy a parar allí para dormir unos 20 minutos. Dicho y hecho, paramos, preguntamos si podíamos dormir, nos llevan al “dortoir” donde ya había alguien durmiendo y nos acomodamos. Eolo, afortunado él, sólo se quitó las zapatillas, se tumbó y a los pocos segundos ya estaba durmiendo. Yo, entre tanta cola y gel de cafeína, intenté infructuosamente dormir. Aún así, descansé algo las piernas y la mente, pero no era suficiente. No salí de allí como en 2011, con las piernas frescas y con ganas de correr. Este año, los repechos entre Bertone y Bonatti me parecieron eternos. Aún así, el trayecto hasta el Rifugio Walter Bonatti fue divertido, corriendo y adelantando corredores. Al llegar allí, tuve que meter la cabeza bajo el chorro de la fuente y, por el calor, no tomé sopa, pero sí cola. Otra vez estaba asado, agobiado. Continuamos el camino y, tras beber un buche de agua con sales, mi barriga me da un aviso. “Ay, que algo no funciona” me digo. Sigo caminando y trotando en el descenso hacia Arnuva y, justo antes de entrar en el avituallamiento, Eolo se para y, al volver me dice que ha vomitado. Está pálido. Entramos en el control, me tomo otra cola, media barrita y lo que quedaba de un gel antioxidante. Antes de salir, rumbo al Grand Col Ferret, Eolo me dice que va a llamar a su hija para que le venga a recoger allí, que me marche yo. Me despido de él y comienzo a ascender hacia el Rifugio Elena. Poco antes del refugio, el desastre, me tomo un buche de agua y al cabo de unos segundos, lo vomito junto con la barrita y el gel. Me limpio la boca con otro buche, le doy un mordisco a otra barrita y, casi al lado del refugio, vuelvo a echarlo para afuera. Mis piernas no se mueven, se me apaga la pila, me tengo que sentar o me caigo en el sendero, encuentro una roca y me siento.

Estoy agotado. Me cuesta incluso levantar la cabeza para saludar a los corredores que me adelantan. Por detrás, se acerca un miembro de Protección Civil del Valle de Aosta y me pregunta que qué tal estoy. Le digo que bien, que sólo quería reponer fuerzas antes de subir el Gran Col. Se aparta unos metros y le oigo decir por radio mi posición y que tengo mala pinta. Cojo el móvil y llamo a Sarito. Le digo que se acabó, que no puedo seguir en carrera. No le comento lo de los vómitos ni lo de la caída para no preocuparla. Me dice que lo intente, que si abandono y veo a la gente en Chamonix con el chaleco rojo de finisher, me va a entrar magua. Cierto. Me dice que lo intente hasta el próximo avituallamiento. Saco de nuevo el bocadillo de rösti, lo abro, y me como el interior, las papas. Si tengo que vomitar, al menos vomitaré algo sólido. Entran bien y parece que se quedan. En esto, en medio de la conversación, Eolo, el ave fénix, aparece por el sendero. Le digo, “Eolo, resucitaste!!” Respuesta: “Mi hija no puede venir a Arnuva, me recoge en Champex, así que no tengo otra opción que seguir hasta allí, ¡Vamos!” le digo a Saro que la volveré a llamar, que me uno de nuevo a Eolo y proseguimos la ascensión. 


El Grand Col Ferret, con 2573m, es el punto más alto del UTMB. Eolo, que sólo llevaba en Chamonix desde el martes, acusa la altitud y le cuesta subir. Nos paramos varias veces, pero conseguimos llegar al control. Él dice que se para allí, que yo siga. Durante el ascenso, ha tenido que parar a vomitar de nuevo. Yo le digo que voy a bajar despacio y que, como muy tarde, nos vemos en La Fouly. Esta vez, no corro en el descenso, sólo camino. Varias veces me paro para ver si Eolo viene por detrás, pero hacerlo muchas veces te condena a tropezar y caer por la pendiente. No es lugar para tropezar. Sigo bajando y aprovecho para hacer una pipí-pause. Sin noticias de Eolo, llego a La Fouly y entro con calma en el avituallamiento. Como sólo me entra la sopa y la cola, me tomo dos tazas de ambas mientras espero a mi compañero de fatigas (y nunca mejor dicho). Cojo unos trozos de chocolate y pido una tercera taza de sopa. Al cabo de unos minutos mirando a la carretera, esperando que aparezca Eolo en la distancia, salgo del avituallamiento, malhumorado conmigo mismo. No sé si Eolo está llegando, o si se ha parado arriba, no me gusta dejar atrás a un compañero, pero no sé dónde está, no tengo su número de teléfono y tengo que seguir. Caminando, por si acaso, continúo mi camino en dirección a Praz de Fort.


Dejando atrás el pueblo de casitas de madera, de cuento, me paro en un banco que hay antes de Issert para ponerme el frontal porque, a lo tonto, está empezando a oscurecer. 


Después de Issert, la noche cae a plomo y me uno a una pareja de ingleses que ascienden a buen ritmo hacia Champex-Lac. Allí dormiré porque ya empiezo con los bostezos y hace tiempo que no tomo ningún gel de cafeína, para poder descansar. La ascensión se me hace corta, llegamos a la carretera y entramos en el avituallamiento. Lo primero que hago es preguntar por el “dortoir” para poder dormir. Me llevan, me quito las zapatillas y me tumbo en el colchón. No me quito el chubasquero porque el colchón está húmedo de sudor. Me apoyo en la mochila, pongo la alarma para 25 minutos y cierro los ojos.


Alba gu bragh!!!!


De fondo, suenan voces, alguna alarma de otro corredor, el rumor general de un avituallamiento grande como el de Champex. De repente, oigo una gaita escocesa. Pienso que debo tener ya delirios por culpa del sueño o la deshidratación. A la gaita la acompaña un tambor. Pienso “estoy fatal, 9 meses en Escocia dieron de sí en la Universidad". The lone piper ya no es tan “lone” y lo que suena ahora, acercándose, es una auténtica banda de gaiteros con sus tambores y todo. Me incorporo, no puedo dormir, amo Escocia y el sonido de las gaitas, pero no a la hora de dormir. Levanto un poco el toldo para asegurarme y veo que llevan hasta un estandarte. Me levanto, me calzo las zapatillas, me pongo la mochila y salgo de allí. Le comento a un miembro de la organización que soy un fanático de Escocia y de su cultura, pero también le recuerdo que justo al lado de donde está tocando la banda de gaiteros, hay corredores que llevan en el cuerpo 124km y están intentando dormir un poco. Asustado, se da cuenta y corre a avisar a los músicos. 

 Sorry mates, luv the pipe tunes but 'em runners’re tryin’ to get some sleep. 


Me tomo un café, dos tazas de cola, una sopa caliente que me abrasa los labios y retomo el camino, no sin antes mirar entre las caras a ver si veo a Eolo. Nada, en ese momento me hago a la idea de que Eolo ha abandonado y no le culpo por cómo iba desde Col Checrouit.


A patear.


Como no he podido dormir en toda la carrera, entro en fase “camina o revienta”. Tran-tran sin parar y, en los avituallamientos, sólo detenerme para beber cola y salir con la taza de sopa en la mano. Al cabo de unos 100 metros, me doy cuenta de que no he cargado agua en los bidones. Sé que en Champex hay una fuente, pero desconozco si el agua es potable o no. Pregunto a un lugareño y no me sabe responder. Pierdo una media hora, pero termino entrando en el restaurante de enfrente, haciendo que todas las cabezas de allí se giren, y le pregunto a la dueña. Me dice que sí, que es potable. ¡Bien! Vuelvo a la fuente, cargo agua, meto sólo un sobre de sales y retomo el camino hacia Bovine con un francés que habla muy buen inglés (sí, sí, van llegir , moment "estel-lar", una persona que parla un altre idioma que no és el seu ¬¬). En un determinado momento, le digo que me tengo que parar porque he de hacer algo más que una pipí-pause, él sigue. Tras el mismo banco que en 2011, también de noche, planto otro pino en el bosque de Champex. El de hace dos años le vino bien, había más verde en esa zona. ;)


La ascensión a Bovine no la recuerdo porque sólo la había hecho una vez: en 2011, con Sarito, la hicimos caminando con las mochilas de senderismo. En aquel año, el día de la carrera, una tormenta se había llevado por delante el camino y nos desviaron a Martigny. Este año, volvía a encaminar mis pasos hacia esa montaña y no recordaba cómo era. 
Brutal. Las rampas que ascienden a Bovine después de cruzar el torrente de agua son tremendas. Auténticas paredes de piedras blancas y tierra. No es incómoda de subir, es sendero y punto, pero la pendiente es terrorífica. Por otro lado, pensé, "cuanta más pendiente, más pronto se llega arriba". Yo seguía las piernas de un francés que subía como podía. Y no es para menos. Al cabo de unas cuantas curvas, se acaban los árboles y se ven más frontales allá arriba. En la inmensidad de la noche, se oyen los cencerros de las vacas e intuimos que están justo al lado del camino. Otra vez encontramos el cartel de la organización avisándonos de que allí hay ganado en libertad. Un kilómetro más adelante, la sorpresa de la noche: la organización, desdiciéndose del aviso de semanas atrás, coloca un punto de avituallamiento simple (sólo agua y cola) antes del Alpage Bovine, nos dicen que es algo excepcional. Bebo una taza de cola y agua con gas, para evitar problemas con el agua de mis bidones. Continúo el ascenso hasta el Alpage y me encuentro de nuevo con las brutales rampas que llevan al Portalón. Una vez lo cruzo junto a un grupo de corredores, comienza un camino sinuoso en progresivo descenso que nos llevará al cabo de unos 7 kilómetros que se me hacen eternos, hasta la localidad de Trient previo paso por el Col de la Forclaz (¿Les suena de la ropa Quechua?). En el descenso me reencuentro con una pareja de catalanes (de los que sí hablan español, aparte de su lengua materna) que hacía más de un día que no veía. Como voy un poco más rápido y un francés se lanza en el descenso, tiro para adelante y me pego a él. Al cabo de varias curvas, se frena y yo sigo en búsqueda de los otros frontales que van por delante. Poco antes del Col de la Forclaz les doy alcance y continúo con ellos hacia Trient. En la bajada, hice lo mismo que hace dos años: como son escalones altos, aprovecho para estirar en cada escalón los cuadriceps ¿Cómo? Sin saltar, bajando los escalones de una manera natural y aprovechándome de mi (corta) estatura para dejar a cada paso un pie atrás y arriba, estirando el músculo. Llego a Trient y me meto en el avituallamiento sabiendo perfectamente lo que voy a hacer. Saco la taza, entro, voy directo a la sopa, pido una ración, me la bebo de camino a los refrescos de cola, por el camino, mis ojos se fijan en el queso y en unas galletas. Como en 2011, hago caso a mi ojos y cojo el queso, las galletas y me los como; llego a los refrescos y me bebo dos tazas de cola, vuelvo a la sopa, pido otra ración en la taza y salgo del avituallamiento. Total: 1 minuto y medio; 200 corredores menos por delante. 

Tiro directo hacia Catogne, la subida de los eternos zig-zags. Al inicio del camino me reencuentro con la pareja de ingleses con quienes subí a Champex, les adelanto y encuentro un grupo de franceses que suben a buen ritmo, me uno a ellos y espero que la subida no se me haga larga. Suben a un ritmo generoso que puedo mantener, aunque “con el gancho puesto”. Aprieto los dientes para no perder ritmo y les acompaño hasta arriba. Se me ha hecho largísimo. En Catogne hay un avituallamiento con una hoguera y ellos se paran, yo aprovecho y me lanzo para abajo, conservando las piernas, que ya duelen porque noto incluso pequeñas piedras en la planta de los pies. 

En la bajada hacia Vallorcine, me encuentro con un asiático que baja muy rápido y decido seguir su ritmo. Al cabo de unos cientos de metros, se resbala y casi se cae por el terraplén. El piso del sendero (que parece una acequia de unos 20cm de profundidad) tiene piedras lisas que con la humedad de la zona resbalan muchísimo. Estoy a punto de caerme y decido bajar por uno de los laterales superiores del camino, dándome cuenta de que no soy el primero que lo hace. Adelanto al asiático y sigo mi camino hacia la última localidad suiza de la carrera mientras el cielo vuelve a aclararse y el sol empieza a abrirse paso entre las montañas. 

En el descenso final a Vallorcine, encuentro a un grupo de corredores que bajan a buen ritmo, conservando pero sin pararse. Como la bajada es complicada por las raíces, me uno a ellos, sabiendo lo que ocurrirá en el avituallamiento. Poco antes de llegar abajo, apago el frontal y me deleito con la visión de las montañas iluminadas por los primeros rayos de sol. Entro en Vallorcine.


Igual que hice en Trient, el avituallamiento de Vallorcine es sencillo: taza, sopa, cola, queso, cola, sopa y ¡Au revoir!. En el avituallamiento, un español me espeta: “Ya está todo el pescado vendido”. Le respondo “ahora sólo hace falta cortarlo; arrastrarse hacia arriba y rodar hacia abajo”. Risas. Oigo a uno que dice “venga, que Chamonix ya está ahí”. Vuelvo a agobiarme por el calor. Salgo del avituallamiento en dos minutos, otros 200 corredores, más o menos, que me he quitado de delante. Encamino mis pies hacia el Col de Montets sin prisa pero sin pausa.

Llega la hora de la verdad, la Tète Aux Vents. 
Las 86 curvas de herradura y escalones de infarto que nos harán salvar 700m de desnivel en 4 kilómetros. Para saber si estás cerca de la cima, sólo hay que mirar al Mer de Glace. ¿No lo ves? Eso es que aún te queda mucho. El camino se empina al cabo de la curva 4 y casi no pierde pendiente hasta llegar arriba. Por el camino dejo pasar a un chino que sube con una chica no corredora (¿No estaban prohibidos los acompañantes?) y que lleva un ritmo más rápido. Durante la ascensión, me encuentro con otro Pascal (lo mío de terminar con un corredor francés llamado Pascal se está convirtiendo en un vicio), que tiene pinta de ultratrailer de los de la antigua escuela: pelo largo canoso, barba de una semana, flaco, espigado, que se dedica a responder "coñas" a todo aquel que grite desde abajo. En el grupito, las risas son generalizadas. Se hace amena la ascensión cuando hay buen rollo alrededor. Un buen rato después, vemos por fin a lo lejos la caseta de campaña de los Gendarmes de Alta Montaña de Chamonix. Nos paramos para que nos hagan el control de chips y nos dan refresco de cola y agua. No me paro, sigo caminando hacia La Flegere, voy en modo “camina o revienta” y quiero llegar ya. Tengo claro lo que haré en el último avituallamiento y control. 

El camino hasta La Flegere es incómodo, no se equivoquen, es muy pedregoso, para arriba, para abajo, sendero estrecho, rodeando pedruscos y, por fin, una penúltima ascensión por pista de tierra. Paso el control de chips. Uff, ya casi está. Me siento, me quito las zapatillas y los calcetines, saco un montón de pequeñas piedras del fondo de las zapatillas, quito incluso las plantillas y descubro más piedrecillas bajo estas. Me aseguro de dejar las zapatillas y las plantas de los pies completamente limpias. Me vuelvo a calzar, ¡¡¡Ahhhhh, esto es otra cosa!!! Tomo dos vasos de cola y me dirijo a la última subida del día. Parece mentira, pero justo después de La Flegere hay una cuesta de 50m de longitud pero que es una condenada pared. Tiro de bastones apretando los dientes y, cuando termina, me paro, coloco los bastones en la mochila y me tiro al descenso como un poseso. En la bajada me siento muy bien, he recuperado piernas y tengo ganas de llegar ya. Sé que puedo tardar menos de 44 horas si corro. Adelanto a un grupo de franceses, pidiéndoles paso desde lejos. Me dejan libre el camino, les doy las gracias y les llamo “finishers” a lo que responden con un “oui” generalizado. 

En la cafetería La Floria nos reciben con aplausos y veo a dos corredores sentados tomándose una cerveza, claro que sí, “like a boss”. Sigo mi descenso encontrándome con senderistas que suben y que se apartan, me siento fuerte, por fin me divierto después de 30 horas nada agradables. Pienso en Eolo y espero que haya recuperado y que termine. Llego al Petit Balcón Sud y encuentro la pista de tierra, horquilla de izquierdas, recta, horquilla de derecha y a bajar entre el aplauso de otros senderistas y excursionistas, noto una piedrecilla que se ha colado en el zapato, pero ya no me importa. Subiendo por la pista de tierra veo unas caras conocidas, ¡¡Qué alegría!! Laura Barrera y Yurena Castrillo. Me paro y me felicitan. ¡¡¡Qué bueno!!! Sigo bajando con ganas, con renovadas fuerzas después de encontrarme con amigos y, cuando llego al asfalto, el sorpresón: Alejandro, del blog “Los Km de Ale” y su pareja, Meiga, me están esperando en las calles aledañas a Chamonix. ¡¡¡Grandes, chicos, grandes!!! Me acompañan corriendo por las calles hasta la misma entrada del paseo, bajo el arco de Vibram. Allí, me dice Ale que ese es mi momento, que lo disfrute, mientras, ellos seguirán corriendo al otro lado de la valla. 


El momento de entrar en Chamonix es inenarrable, los niños estiran la mano para tocarte y que les choques la mano, la gente te mira el dorsal y te llama por tu nombre; ya no te dicen “bon courage”, ahora te gritan “Bravo, Daniel, Bravo, finisher!!!” Me empiezan a caer las lágrimas, cruzo la calle y adelanto a un par de corredores más mientras corro junto a un japonés, entramos juntos en las calles del centro de Chamonix, directos hacia el reloj, le paran unos paisanos para darle una bandera de Japón y yo sigo corriendo, rodeo la Place Balmat y empiezo a hacer el avión. Al pasar junto a La Poste, veo la llegada, me paro, me tengo que llevar las manos a la cara y lloro, lloro de emoción y de dolor. Sarito me había mandado un sms y allí está, junto a la farmacia (¡Cómo no!), me entrega la bandera de mi isla, Gran Canaria, le planto un beso en los morros a Sarito y engancho los pulgares en las argollas de la bandera, elevo los brazos y corro para que vuele sobre mi cabeza, entro corriendo, con dignidad, como dice Carlos Ultrarun, con la cabeza bien alta. 

Lo he logrado, la he vuelto a armar, después de 43 horas 24 minutos y 29 segundos, soy finisher del Ultra Trail de Mont Blanc… y ya van dos. En meta me reencuentro con Sarito, con Alfredo, con Alberto, con Ale… es un momento especial. En este UTMB no he disfrutado tanto como en 2011, de hecho, para menos kilómetros que entonces, he tardado 3 horas y media más. Pero da igual, he llegado y prometo volver. Sí, UTMB... algún día volveré, porque ahora sé que lo de 2011 no fue suerte. Ahora sé que puedo superarte y superarme. Ahora sí que me creo un ultra-trailer.

 


Gracias!!!! A todos los que en algún momento de la carrera, entrenamientos, preparación, seguimiento por facebook, twitter, etc., han estado ahí, muchas, muchísimas gracias!!!!!