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lunes, 26 de septiembre de 2011

UTMB'11 Ep.7 Un sueño en Champex y un km vertical para desayunar

Salimos de La Fouly en dirección a Champex, cuyas luces se pueden ver a lo lejos en medio de la montaña. Nos unimos a un grupito y ascendemos un sendero que nos conducirá hasta la bajada de la Crête de Salelina (Cresta de Salelina) para entrar en las casas nuevas de Praz de Fort. Allí, Salomón se acuerda de que tiene que parar frente a la casa de una señora mayor que conoció cuando entrenaba ese tramo y que le había prometido un té cuando pasara por delante de su casa en el UTMB, porque ella iba a estar toda la noche animando a los corredores. Esta gente no deja de sorprenderme, es MUY de noche y, al pasar por la casa de esta señora, allí está ella en la puerta, con toda la familia, con una barbacoa, calentando té y café para los corredores que quieran. Nos saluda y reconoce a Salomón, nos ofrece una taza de té y él acepta. Yo, en principio, rechazo la invitación porque no es té lo que tenía previsto beber ahora, pero luego acepto. Maldita la hora que lo hice. Desde ese momento, todos los que bebimos ese té empezamos a tener picor de garganta y no dejamos de carraspear en toda la noche. Estaba rico, sí, pero hasta entonces yo tenía la garganta genial y ahora....ahora la tengo como un papel de lija. Da igual, seguimos descendiendo por asfalto en dirección a Issert, donde empieza la subida a través del Sentier des Champignons (Sendero de los Champiñones). 
Ese sendero tiene un par de rampas coquetas y, si pasas de día, te partes de la risa con lo que han hecho allí con los árboles talados. Han covertido el sendero en un camino temático basado en las setas. En los troncos de los árboles talados, han tallado setas de diferentes especies, ardillas, una cesta con setas, un pez, una cabra montés o bouquetin, como los llaman aquí, una marmota e incluso un canguro. Bueno, cuando veas el canguro significa que ya estás en las puertas de Champex, no lo olvides. El sendero hacia Champex es angosto, empinado y el suelo está lleno de raíces. En un momento, veo a Salomón adelantar a un grupo que iba despacio, pero no consigo seguirle y me quedo atrás. Por alguna razón, empiezo a sentir sueño, pero, de momento no es preocupante, en una zona algo más ancha del sendero, consigo adelantar al grupo y llego hasta el Sr. Cohen. Poco después, en el sendero se empieza a escuchar música y parece que estamos cerca del avituallamiento, pero la organización nos guardaba una sorpresa. Para evitar el que alguien cogiese un “taxi” desde Issert hasta Champex, han colocado un control de paso en medio del sendero hacia Champex Lac. Nos pasan la maquinita y yo sigo buscando con el frontal la condenada figura del canguro, pero no hay manera, no aparece. La sensación de sueño empieza a ser preocupante porque se me cierran los ojos y justo en ese momento, Salomón me dice “Tío, en Champex voy a tener que dormir algo”. Yo le respondo: “Me estoy quedando dormido mientras camino, Salomón”. Me siento muy cansado, tengo un montón de frío y los ojos se me cierran. A veces, camino casi 5 metros con los ojos cerrados, lo que, en medio de un bosque, con un sendero estrecho y una fuerte caída a la derecha, puede ser muy peligroso. Lo tengo claro: "En cuanto entre en el avituallamiento, busco el pastel de arándanos de León, pregunto por los colchones y me echo a dormir media hora".
Al cabo de un rato, mi frontal apunta hacia la izquierda y veo al condenado cangurito, miro hacia delante y veo la placa verde que da la bienvenida a Champex y llegamos a la carretera. Aquí hay que tener algo de cuidado, porque hay que seguir bien las flechas para pasar por detrás del cartel nuevo, del garaje y seguir ascendiendo por el sendero para llegar al avituallamiento. Al llegar, nos alegramos de ver a la pareja de Salomón, que nos da la bienvenida. Entramos en el control de chips, al avituallamiento y veo a León. Le saludo y me presento. Se acordaba de mí, porque pocos días atrás, estuve en su boulangerie (pastelería) hablando con él e incluso nos sacamos una foto con Sarito. 
En el avituallamiento, la famosa tarta de arándanos de León. Allí estaba, ¡Qué buena pinta! Cogemos un plato, metemos dos trozos y nos los llevamos a la zona de colchones. No puedo más, estoy realmente agotado y mi mente funciona al 40%. Tengo mucho, mucho sueño. Programo el despertador para 30’, me quito las zapatillas, me echo y me tapo con la manta. Me resulta curioso que, en los colchones de al lado, hay tres japoneses durmiendo exactamente igual ¡Chico, porque les oigo respirar, porque si no, pensaría que estaban muertos! Los tres, boca arriba, con las manos sobre el pecho. Cierro los ojos y me quedo dormido.
Abro los ojos. Han pasado 25’ y estoy temblando. No le he dado tiempo al despertador para que cumpla su función porque hace un frío terrible. Las manos me tiemblan, me tiemblan las piernas, casi no puedo articular palabra y me acuerdo de mi retirada en El Garañón a las 22:35 en la Transgrancanaria de 2008. ¡Uff, borra eso de la cabeza, Dani! Pero hay que salir de aquí cuanto antes para entrar en calor. Me levanto, veo a Salomón despertándose y me como mi trozo de pastel ¡¡¡¡¡Diosssssss, qué cosa más rica!!!!! Caray, ahora entiendo por qué es tan famoso el pastel de arándanos de León. Cuando Sarito y yo estuvimos en su boulangerie, él y su señora nos invitaron a dos trozos porque eran los últimos que le quedaban de ese día y ya era la hora de cerrar, pero en el UTMB, el pastel estaba recién hecho. En fin, que si un día pasan por Champex Lac, no duden en entrar en la pastelería de León. Tiene un cartel del UTMB en la puerta, así que es inconfundible. Es un “must” del Tour du Mont Blanc. Pues, seguidamente, me voy a la zona de las mesas y temblando, pido una taza de caldo. Bien, por lo menos está calentito y las manos dejan de temblar. Me bebo dos tazas de caldo, como un par de trozos de queso, pido una taza de cola, como algo de chocolate y me bebo un vaso de café. Esto último provocaría una reacción fisiológica en mí de la que me había olvidado. Cuando compruebo que Salomón está listo para salir, nos despedimos de todos los voluntarios y nos marchamos en busca de lo desconocido: la bajada a Martigny (471m), según nos han dicho y el ascenso al Col de la Forclaz (1527m).
A la salida de Champex Lac, andamos por asfalto hasta encontrar el cruce con el camino hacia Bovine. Como nos han dicho que no se sube a bovine, dudamos, no sabemos por dónde tenemos que ir. ¿Seguimos por carretera? Las marcas indican que debemos entrar en el sendero. Tras unos momentos de indecisión, decidimos entrar en el camino y ya veremos qué pasa. Al cabo de un rato, mi cuerpo empieza a reaccionar al café y le digo a Salomón que me tengo que parar a hacer de vientre. Encontramos un banco en un recodo de la pista de tierra y él me dice que me agarre al banco y que apague el frontal, que él se queda vigilando para que nadie me esté apuntando con la luz mientras yo estoy "plantando un pino". La organización, previendo que esta situación la viviríamos con casi total seguridad, ya nos había provisto de unas bolsas de basura para guardar el papel y tirarlo en el primer contenedor de basura o papelera que encontráramos, así que eso hice, para mantener limpio el camino. Una vez listo, continuamos el camino seguros de que sí era por allí, ya que varios corredores habían pasado por la pista de tierra durante ese corto espacio de tiempo. Caminamos a buen ritmo, descansados tras el sueño reparador. ¡Hay que ver lo que dan de sí 25' durmiendo! Alcanzamos a un grupito de franceses y creo identificar en él a un chico con el que ya había descendido del Gran Col Ferret. Cuando estamos en el sendero en medio del bosque, primera duda. Aparece ante nosotros una cinta roja y blanca cortando el paso y no sabemos bien por dónde pasar. algo más arriba se advierte un reflectante y decidimos adentrarnos más por ese sendero. Cruzamos un sitio que no recuerdo del TMB y me doy cuenta que las lluvias del viernes por la noche han cambiado el paisaje. Donde había un sitio de paso fácil, ahora la organización ha tenido que colocar un tablón para facilitarnos el paso, mientras un riachuelo baja desde las montañas. Llegamos a un descampado donde se encuentra el alpage que da entrada a Bovine y vemos que hay cintas y reflectantes que nos hacen cruzar la carretera y descender. Confiados con que ese descenso nos llevará hasta Martigny, nos lanzamos por el terreno embarrado y no dejamos de trotar mientras la claridad de la mañana empieza a iluminar levemente el horizonte. Atravesamos varias veces una carretera, corremos junto a una acequia muy embarrada y con los primeros rayos de sol, llegamos abajo. Allí, enfrente, vemos una ascensión por asfalto en forma de larguísimos zigzag que no sabemos a dónde llevan, pero por los que se pueden ver los llamativos colores de la ropa de varios corredores.

UTMB'11 Ep.4 Col de la Seigne - Los gélidos colmillos del UTMB

Tras salir de Les Chapieux, me encuentro con Eric y su pareja, que gestionan el Auberge de La Nova, donde una semana antes nos habíamos quedado una noche Sarito y yo mientras recorríamos el Tour du Mont Blanc. Me paro a hablar con ellos y me animan. Tras cruzar el puente de madera, me paro en la fuente que hay a la derecha de la carretera para rellenar y repartir otro sobre de sales entre los dos bidones.
Continuamos el camino por asfalto, siempre hacia arriba, en dirección a la Ville des Glaciers, donde giraremos a la derecha para encaminarnos a las rampas en zigzag que conducen a la frontera con Italia. Poco antes de llegar a la Ville des Glaciers, vemos a un chico que viene caminando en dirección contraria y nos dice a todos “¡Orage de neige dans La Seigne!” Traducción: “Tormenta de nieve en La Seigne!”, tras lo cual, miro al señor que me acompañaba y nos decimos “C'est la montagne!” (“La montaña es así”) y seguimos andando. A medida que nos acercábamos a Les Glaciers, mirábamos al cielo y, efectivamente, no tenía muy buena pinta. Sobre el Col de la Seigne se había plantado una nube de un color gris muy oscuro y amenazador. Además, ese Col tiene fama por ser muy ventoso y es la puerta hacia el Vall de Aosta italiano.
Al comenzar la ascensión por unas duras rampas dejando atrás el Refuge de Mottets, y más adelante, entre largos zigzags hasta llegar a un viejo alpage abandonado, empiezan a caer sobre nosotros unas gotas de lluvia que no corren manga abajo, sino que tienden a quedarse pegadas al chubasquero. La temperatura es muy baja y el camino es a veces barrizal, a veces tierra helada muy dura. El ritmo es bueno, aunque se puede sentir la incertidumbre en todos nosotros. La velocidad del viento en este Col aumenta proporcionalmente con la altura y algunas rachas nos traen la tarjeta de visita de lo que tendremos que soportar a 2516m. Un viento racheado, frío, helado, nos empieza a adelantar con algunos copos de nieve que ya cubren el suelo de un manto blanco. El ascenso al Col de La Seigne no reviste mayor dificultad que el desnivel que se salva al principio. Luego, es cuestión de seguir el sendero procurando no perderse porque es una zona que acostumbra a tener mucha niebla y, en días como hoy, con este frío (estamos a unos -2ºC) puede nevar en agosto como es el caso que tenemos. Efectivamente, paso a paso, metro a metro, los copos de nieve van cuajando en el negro suelo embarrado y sobre nuestras mochilas, en los guantes, en los gorros térmicos, en la barba….y cada vez el viento nos trae esa nieve más rápido. Unos dos kilómetros antes de llegar al Col, se arma la ventisca. Todo el viento que entra por el valle de Aosta, cruza la Seigne y se  nos viene encima con un montón de nieve. Tenemos que avanzar lo más rápido posible para salir de allí y llegar de nuevo a cotas más bajas y el barro nos obliga a caminar en ocasiones sobre los bordes del camino, sobre la nieve. Miro hacia detrás y la estampa es espectacular, en medio de una gran nube gris, entre la niebla, veo a otros corredores pegados unos a otros para cobijarse de la nieve, vuelvo a mirar hacia delante y se me mete un copo de nieve por el ojo izquierdo. A mí me ha nevado encima muchas veces, en Glasgow, en Londres, incluso en las cumbres de Gran Canaria, pero nunca en mi vida me había visto en medio de una ventisca, con la nieve volando de lado, metiéndose por los ojos, nariz, boca, colándose por el cuello en algún resquicio del chubasquero y, sinceramente, la sensación producida por un copo de nieve en medio del ojo no es nada agradable ¡Y aún falta más de un kilómetro para llegar arriba!
Soportamos esas inclemencias del tiempo sin perder de vista al que va delante y buscando en el horizonte algo que nos indique dónde está el control de paso del Col. Al cabo de un rato, con la nariz, pómulos, pies y manos congelados por el frío (y eso que en la manos yo llevaba puestos unos guantes térmicos con Gore-Tex® y Thinsulate®) podemos advertir en medio de la niebla una gran caseta de campaña amarilla tipo iglú de The North Face® y dos cabinas transparentes de comunicaciones con dos voluntarios o miembros de la organización dentro, imagino que comunicando cómo eran las condiciones meteorológicas por las que estábamos pasando. ¡Vivan los voluntarios del UTMB! Nosotros “sólo” teníamos que llegar hasta allí, pasar y lanzarnos cuesta abajo para escapar de ese frío y ellos tienen que esperar allí desde el primero hasta el último corredor. Justo antes de pasar el control, uno de los corredores de delante le pide a la voluntaria que le saque una foto. Los demás, nos quedamos quietos unos segundos que parecen horas y notamos cómo en ese corto espacio de tiempo, los gélidos colmillos de La Seigne nos atraviesan. Pasamos el control de chips y nos lanzamos cuesta abajo como posesos para alcanzar lo antes posible, las llanuras de Lac Combal, donde nos espera el siguiente avituallamiento. En la bajada se suceden los resbalones, pero no me caigo, la verdad es que con cada paso que doy, me convenzo más y más de que las LaSportiva® Raptor® son las mejores zapatillas de trail running que me he calzado en toda mi vida. Llegamos a las llanuras anteriores al Refugio Elisabetta y una multitud de usuarios del mismo nos animan y gritan desde la terraza y junto al camino. Empiezo a caminar para reponer fuerzas y me uno a Marco Giacon (dorsal 1855), un italiano muy simpático, calzado también con unas Raptor®, que ya había sido finisher del UTMB en 2009 y que al yo decirle en “itañol” que “voglio essere finisher” me responde “Lo serai, tu serai finisher sempre que la tua testa creda que será finisher. Tutto se qui, en la testa.” (Lo serás, tú serás finisher siempre que tu cabeza crea que serás finisher. Todo está aquí, en la cabeza.” (Lo de Marco tiene guasa: Acabó en el puesto 666 de la general y 222 de su categoría; yo acabé en el 444 de la general. En fin, que si te gustan los números, te sorprenderá.) Grandes palabras que resumen la ley máxima de este deporte. En Les Chapieux (km50) vi abandonar a corredores mucho más fuertes que yo, que aparentemente estaban bien de piernas, pero que, simplemente, sintieron ese “clic” en la cabeza y se convencieron de que no acabarían. Yo, por mi parte, no soy el tipo más fuerte de la tierra (me llamaría Kilian Jornet, en vez de Daniel Quintana), pero llevo un año entero estudiándome esta carrera, un año entero descargándome mapas, vídeos, recorriendo la ruta una y mil veces por el Google Earth, aprendiéndome de memoria el perfil, los avituallamientos, viendo infinidad de vídeos, recorriendo con Sarito la ruta entera del UTMB en ocho días como reconocimiento del terreno en persona para aprenderme de memoria las piedras, los troncos, las raíces, los cruces y, sobre todo, visualizando mentalmente cómo sería mi entrada en meta. Si quieres llegar a la meta, tienes que verlo claramente en la cabeza y que esa imagen permanezca contigo durante todo el camino. No visualices la meta, visualiza tu entrada en meta y más tarde o más temprano, te verás cruzando esa línea. Mientras tanto, hay que seguir caminando y trotando. Llego al llano de Lac Combal y entro en el control y avituallamiento. Como, cargo agua y sigo mi camino hacia la arista Mont Favre. Aquí una muestra de un chico español que llegó al Col de la Seigne en medio de la nevada (en la imagen no se aprecia del todo la velocidad del viento ni la cantidad de nieve que nos cayó en ese sitio).


UTMB'11 Ep.3 Amanecer Alpino – El Col du Bonhomme

A medida que dejamos atrás Notre Dame de la Gorge y su puente romano, continuamos ascendiendo en dirección al punto de control y avituallamiento del Refugio La Balme. Al inicio, provisto de una fuerte pendiente, a medida que continuamos, se suaviza la rampa y reconozco el terreno, sé que cerca, a la izquierda, encontraré una bonita fuente de madera donde podré rellenar los bidones y repartir entre ellos un sobre de sales. El siguiente avituallamiento será en Les Chapieux y aún queda una buena kilometrada de ascenso y descenso. Después de realizar la operación de los bidones, reanudo el paso apretando un poco para no perder coba y me encuentro un guante nuevísimo en el suelo y, delante de mi, un corredor busca y rebusca algo en la parte trasera de la mochila, me acerco a él y le pregunto (en inglés) “¿Estás buscando un guante?” – “Sí”, me responde, - “Pues lo he visto a 15 metros más atrás” Como un poseso se lanzó en dirección contraria para buscarlo (e hizo bien, teniendo en cuenta lo que nos esperaba más adelante). Enseguida llego al control de La Balme, como unas piezas de queso, una barrita de cereales, me bebo una taza de sopa y sigo ascendiendo hacia el Col.
El ascenso, que con los mochilones de 12kg me había parecido un largo infierno, ya no me parecía que tuviera tanta dificultad. Decidí dividir mentalmente la ascensión en trozos: primero, hasta el poste de alta tensión, porque después hay una zona llana muy cómoda, después la rampa serpenteando entre plantas hasta el Túmulo de la Señora y, ya con el Col a la vista, el resto de la ascensión hasta arriba. Durante el ascenso hasta La Balme, miré varias veces hacia atrás y pude ver esa luz púrpura-anaranjada del Sol comenzando a acercarse al horizonte. Es maravilloso contemplar un amanecer en medio de esa inmensidad granítica. Se hizo completamente de día a la altura del Túmulo y me puse a hablar con Miguel, un chico de Castellón que subía bastante bien. En ese momento, nos dimos cuenta de que todas las paredes rocosas de la zona estaban totalmente nevadas y que la temperatura descendía en la misma proporción en que nosotros ascendíamos. Subíamos por el sendero embarrado y picábamos los bastones sobre la nieve, era una situación en la que nunca me había visto en carrera, caminando sobre nieve y aún no habíamos llegado arriba del todo. Era precioso. Caminar por una montaña llena de nieve en pleno amanecer es un espectáculo digno de ver.
Al llegar al Col, me sentí aliviado. Miré hacia detrás y vi la inmensa fila multicolor que aún venía por detrás y luego saludé a los miembros de la Gendarmerie de Montagne que habían montado un puesto para velar por nuestra seguridad a esas alturas. ¡Qué bien organizado lo tienen todo los del UTMB®! Ya me había quitado de encima dos picos de los nueve de la carrera y, encima, me había quitado el más largo. Bueno, en realidad no me lo había quitado del todo, porque aún quedaba seguir ascendiendo, con una pendiente mucho más suave, hasta el Col de la Croix de Bonhomme. A lo largo de todo el camino, tuve que ir con mil ojos. No sólo tenía que pisar con cuidado la roca helada, sino que el tipo de delante, un italiano de cierta envergadura, caminaba con los bastones apuntando hacia detrás, es decir, hacia mi, demostrando que nunca nadie le ha dicho que las puntas de los bastones, si éstos no se están usando, deben apuntar hacia delante. En un momento, picó en una piedra y su bastón derecho resbaló hacia detrás y me pasó rozando. Le dí un buen grito pero pasó de mí como de la mie**a. Pensé “Como vuelva a hacerlo, le pongo mis bastones en la espalda y, si se gira, le diré que yo llevo media hora sintiendo lo mismo”. En fin, pelillos a la mar. Justo en ese momento, el aire empieza a temblar y, de la nada, desde el Col de la Croix de Bonhomme, aparece volando bajísimo, un helicóptero con la cámara en uno de sus patines, la sensación fue difícil de describir. Era como las emisiones de televisión de deportes de élite y yo lo estaba viviendo desde dentro, levantamos los brazos al paso del helicóptero para saludar y éste siguió sobrevolando más atrás a todo el grupo. Cuando pude ver el vídeo, no me reconozco, pero sé que uno de esos con chubasquero azul que saludan, soy yo. Llegamos al Refugio de la Croix de Bonhomme y me sorprendo al ver a un miembro de la Federación Francesa de Alpinismo con dos bengalas asistiendo el aterrizaje de otro helicóptero, este de rescate, para evacuar a alguien. Prefiero no pararme y me lanzo cuesta abajo para llegar lo antes posible al Auberge de La Nova, siguiente avituallamiento y control. Es descenso sobre barro helado y nieve es espectacular, rapidísimo, un grupito atajamos varias veces, casi al lado del vértice de las curvas, porque intentarlo por las partes más rectas es una temeridad tal como está el suelo. Me imagino al grupo de cabeza, Kilian, Iker, Miguel, Seb, Antoine, Csaba, bajando a toda máquina por allí, de noche y con la nieve recién caída. Echo a un vistazo a mi alrededor y observo la inmensidad de las montañas con las sábanas blancas de la nieve cubriendo su sueño.
Bajo mis pies empieza a aparecer cada vez más hierba y llegamos a los Chalets de La Raja, cruzamos el puente de piedra y bajamos a toda velocidad por una pendiente pronunciada para entrar en Les Chapieux. Como soy bajito, paticorto y tengo el centro de gravedad más bajo, desciendo bastante rápido y en ese último descenso mis piernas se mueven endiabladamente rápido causando la admiración de varias personas que había animándonos; uno de ellos me dice “You really feel like home in the mountains, mate!” Que viene a ser algo así como “Te mueves como Pedro por su casa en las montañas, tío”. Le doy las gracias sonriendo, paso entre dos árboles, piso el asfalto de Les Chapieux y giro a la derecha para meterme en el avituallamiento. Allí, relleno los bidones, como algo, bebo sopa y, al salir me encuentro con un control de material. En el vídeo, a partir del minuto 01:00 se me puede ver en el momento de pasar por esa revisión. Primero comprobaban que todos lleváramos el móvil con el roaming activado y, después buscaban la tira roja que nos habían puesto en la revisión de material el día de la entrega de dorsales. Como a mí, la tira la pusieron en el asa superior, la voluntaria no lo encontraba hasta que levantó la capucha de mi chubasquero y me dejó seguir en dirección al segundo montruo, el Col de la Seigne.

UTMB'11 Ep.2 Col de Voza (Le Dèlevret) - Empieza la fiesta

El reloj marcaba la media noche y entrábamos en Les Houches para ascender por la pista de tierra en dirección a Le Delevret, previo paso por el Col de Voza. Me salto el primer avituallamiento de Les Houches porque es el kilómetro 8 y los grancanarios estamos acostumbrados a tener el primer refresco en el PK20. En ese momento, Chencho y yo escuchamos detrás de nosotros la voz de Tolo, lo cual nos alegra mucho ya que tres cabras suben mejor que dos y Tolo es un tipo muy experimentado. La carrera de verdad acaba de empezar y se nota. Todo el mundo sube muy agrupado, pero a buen ritmo. Aquí empezamos a ver cómo es la gente de Alta Saboya. A un lado de la carretera, una familia nos ofrece agua y una chica sostiene un gran recipiente gritando “Haribo, haribo”. Evidentemente, más de uno se fue de cabeza hacia ese recipiente con ositos de goma. No deja de llover, hace mucho frío y toda la gente que vive por la zona se ha acercado a la carretera para animarnos. La pista de tierra continúa su ascenso y la pendiente aumenta; entramos en la zona de las pistas de esquí. Mirando las zapatillas del tipo que tengo delante y sin perder de vista a Chencho, pasamos al lado de La Ferme, una cafetería con unas vistas tremendas del valle de Chamonix donde hace una semana Sarito y yo habíamos disfrutado de un delicioso bocadillo y de un refresco con la amable compañía del dueño, Jean. Casi no me puedo creer estar ya aquí arriba. Le digo a Chencho que estamos muy cerca del Col de Voza, aunque las luces que van por delante no nos muestran, precisamente, lo mismo. Poco después, Entre la niebla notamos que la pendiente suaviza un poco y se advierten unas construcciones a la izquierda. Llegamos hasta el cruce y la pendiente vuelve a endurecerse. Le digo a Chencho “Cuando empecemos a bajar, después de cruzar unas vías de un tren cremallera, llegaremos a una curva muy fuerte de derechas junto a unas casas; ahí hay un chorro de agua potable donde puedes rellenar los bidones o el camel y te ahorras la cola de Saint Gervais”. Desde luego, no hay nada como patearse de día y con tranquilidad todo el recorrido antes de la carrera. Por delante, las luces de los corredores más adelantados se ven horizontales y eso me indica que han llegado a La Charme, donde empieza el endiablado descenso por las pistas de esquí hacia Saint Gervais.
El camino está lleno de charcos, sigue lloviendo aunque de una manera más suave y comienza la bajada. Aquí es donde por primera vez probaré la eficacia de mis LaSportiva® Raptor® en bajadas húmedas.
El descenso se convierte en una competición de esquí. Los franceses equipados con sus Hokas® empiezan a resbalar en el barro y la hierba de las pistas, el sendero se inclina aún más hacia abajo y la situación se vuelve incluso peligrosa. Los que tenemos bastones debemos usarlos para frenarnos porque el barro hace resbalar a todo el mundo. Yo mismo, me deslizo hasta topar con la espalda de un tipo y le pido perdón. De todos modos, él había llegado hasta ese punto deslizando por el mismo sitio por el que me había resbalado yo, así que entendió el leve encontronazo. Peor suerte corrió un francés que no llevaba bastones y al que vimos resbalar a nuestra izquierda. Decidió adelantar por la hierba, resbaló y bajó toda la ladera intentando frenarse o agarrarse a algo, sin conseguirlo. Terminó el resbalón unos 30m más abajo, cuando la pendiente volvió a remontar un poco. De no haber sido así, hubiera terminado en medio del bosque. Otros más avispados y experimentados, usaban sus bastones como freno y, como si fueran gondoleros de Venecia, iban deslizando suavemente, controlando todo el descenso y adelantando a la peña como si llevaran toda la vida bajando por cuestas embarradas. ¡Está claro que eso es algo que también hay que entrenar!
Así, poco después pasamos entre unas casas en las que un grupo de ancianos (por favor, que ya ha pasado la media noche, está lloviendo y hace frío, señores!) nos animan y gritan “Bravo, bon courage!”. Cruzamos las vías del tren cremallera y voy soltando los cierres de soporte de los bidones de la mochila (llevo una Salomon® XA-Pro 15, la que tiene los dos bidones por delante, aunque tras el UTMB® me llama mucho la atención la Raidlight® Olmo, lo valoraré) porque sé que nos acercamos a Motivon, donde está la fuente que le había indicado antes a Chencho. Al llegar allí, dos corredores se limpian el barro de los tobillos y zapatillas y yo paro a rellenar los bidones, lo cual me ahorrará una cola en Saint Gervais, donde tengo previsto parar sólo para meter un sobre de Recuperat-Ion en cada bidón y beber una taza de sopa. Efectivamente, poco después nos adentramos por las calles de Saint Gervais y llegamos al avituallamiento oyendo como el “speaker” va diciendo en alto nuestros nombres. Es madrugada y el pueblo está lleno de gente, entro en el control, me paro a meter los sobres de sales, saco la taza para que me sirvan sopa y salgo del control porque el frío me recuerda al avituallamiento de Tunte en la Trans. En la bajada perdí a Chencho y a Tolo y ya no los vería de nuevo en carrera. Me encuentro con la guagua (autobús) de los acompañantes que siguen la carrera y pienso en Sarito, que me esperará en Courmayeur “Uff, aún queda un mundo para entrar en Italia!” Me adentro por el sendero que va hacia Les Contamines y veo a Goyo y a Paco, que van como tiros y les informo del perfil a partir de ahora “Zona con varios cambios de desnivel, pero combinadas con otras por las que se puede correr, siempre tendiendo hacia arriba hasta Les Contamines, ah, justo antes de entrar al avituallamiento de allí, a la izquierda de la carretera hay una ermita con una fuente de agua potable, para que se ahorren la cola en Contamines”. Se van para delante como dos tiros, “¡Qué fuertes están estos dos!” Sigo caminando y trotando, le meto un buen mordisco a la barrita energética y me dirijo por el sendero hacia Les Contamines. Cruzamos varios puentes de madera, entramos en zona de asfalto y por unas pistas de tierra. El camino serpentea entre árboles y se oye el rugir del agua que baja por el río a unos metros de nosotros, llegamos a una corta, pero intensa ascensión en zigzag por un bosque y cruzamos un par de carreteras, el sendero continúa y en el descenso, trotando, me resbalo, caigo con la rodilla derecha y siento un dolor brutal, me levanto rápido, como siempre, e intento seguir trotando, como siempre, mi rodilla se bloquea como nunca. Arrgh! Qué dolor!!! Ufff, - pienso – a ver si se va a acabar la carrera aquí. Un francés se preocupa por mi estado y me pregunta si todo va bien. Le digo que creo que sí, pero que duele mucho. Me echo a andar y compruebo que, al menos, la rodilla funciona. Le digo que de momento todo va bien, me dice “bon courage” y sigue su trote. Sigo andando para calentar la rodilla hasta que va desapareciendo el dolor y, al poco, ya puedo volver a trotar, lo cual planta una sonrisa de oreja a oreja en mi cara. Llegamos a la casa natal del descubridor de Neptuno y ya sé que estamos en las puertas de Les Contamines. Como los meteorólogos habían previsto, deja de llover y se empiezan a ver estrellas en el cielo. Sólo queda un sendero llano junto al río, una ascensión y la calle principal de la localidad para llegar al avituallamiento y dirigirnos hacia Notre Dame de la Gorge, paso previo a la ascensión del primer monstruo de la carrera, el Col du Bonhomme (2443m). Después de la noche que hemos pasado, con la lluvia y, sobre todo, el frío, ¿Qué encontraremos a 2500m de altitud?
Más o menos, lo que se ve en el vídeo.