Fin de semana completo. Prueba de material nuevo y doble sesión de entrenamientos: el primero, con Sergio Soliño; el segundo, un "realista" con Juan Carlos Ramos Quintana, Sergio y Borja, iba a ser un Agaete-Tamadaba-Tirma-Artenara con salida a las 00:00 (de ahí lo de "realista").
Los entrenamientos
El sábado, Sergio Soliño y yo salimos a las 8:30 del Garañón para hacer el tramo Transgrancanaria® Garañón-Pico de Las Nieves-La Plata-Tunte-Degollada de Manzanilla. Estreno completo de la mochila. En los primeros 20 metros de trote, de bruces contra el suelo, con el añadido de que vine a caer sobre una piedra que se alojó, cómoda, a la altura de mi hígado. Buffff, me dejó viendo lucecitas y con una especie de punto verde en el centro de la visión durante muchos minutos. El resto del camino en dirección al cortafuegos del Pico, por detrás de las cabañas del Cortijo de Huertas, fui adaptando la Salomon® Advanced Skin 12 Set a mi ergonomía. Quienes me conocen, saben que soy muy fan de The North Face®, pero ya que la nueva Race-Vest no ha salido aún al mercado (sobre esto ahondaré en el próximo post) hay que reconocer que mi "vieja" Salomon XA-Pro 15 de 2008 ya se había quedado obsoleta y yo ya necesitaba material nuevo. Después de valorar la compra por internet de la Ultimate Direction SJ Vest (SJ es por Scott Jurek) e incluso de una Camelback®, al final opté por comprar la "Salmonete" Skin 12 Set en la tienda Arista, aprovechando que fui a federarme para 2014.
Recupero el hilo. En el entrenamiento del sábado, en el tramo de descenso desde la Degollada de Los Hornos hacia La Plata, tanto Sergio como yo nos doblamos los tobillos varias veces con piedras del camino. Eso, cuando uno camina, no suele ocurrir, pero cuando uno se tira cuesta abajo "con el cuchillo entre los dientes" lo de pisar piedras y torcerse el tobillo es un "ahora sí y más tarde también". Lo normal a esa velocidad es que el tobillo nunca termine de torcerse del todo, pero claro, hay piedras y piedras, y en el Camino de La Plata algunas piedras no se mueven de su sitio y mal pisadas te deshacen el tobillo. Resultado: torcedura dolorosa por mi parte y, por la parte de Sergio, torcedura de tobillo que le provocó una lesión en la parte posterior de la rodilla derecha. En el momento de escribir estas líneas, ya está más recuperado. Pasó por traumatología del Hospital Doctor Negrín y le recolocaron un ligamento que tenía pinzado. Durante el entrenamiento, cada vez que tenía que bajar, le dolía la rodilla horrores. El ascenso hacia la Manzanilla fue muy bueno. Pudimos incluso trotar en algunas zonas, adelantando a muchos senderistas que aprovecharon el maravilloso día que tuvimos para caminar por la zona. Al llegar a la Degollada de la Manzanilla, continuamos el camino por la pista forestal que lleva a la Cruz Grande pasando por la Degollada del Dinero. ¡¡Vaya pista más larga!! Intentamos trotar, pero su rodilla le dijo que no y mi tobillo dijo lo mismo.
Al llegar a la Cruz Grande, ascendimos por el Camino de La Plata y, al llegar a la Degollada de Los Hornos, continuamos en dirección al Garañón en línea recta.
Me desperté a las 21:00 con un dolor terrible en el tobillo, me levanté de la cama y casi no podía apoyar el pie en el suelo. En ese momento sabía que no podría entrenar esa noche. ¡Fastidio! Tenía muchísimas ganas de hacer ese entrenamiento "realista" los primeros 34 Km de la Transgrancanaria en horario de carrera: salida desde el muelle de Agaete a medianoche y llegada a Artenara, previo paso por Tamadaba y Tirma.
Volví a ponerme IcePower en la zona hinchada y después de cenar, volví a dormir.
El domingo por la mañana, por fin pude caminar más o menos bien. Continué poniéndome gel frío en la zona y, a mediodía, viendo que ya podía caminar, me "lié la manta a la cabeza" y le pedí el coche a Sarito para probarme en el campo.
Este fue mi segundo entrenamiento:
En resumen, el entrenamiento fue una maravilla. Aparqué el coche en El Garañón y troté muy suave hacia la Cruz de Tejeda, para ver cómo reaccionaba el tobillo. Como al llegar al cruce con el camino de Tejeda todo iba bien, miré la hora y puse el cronómetro para hacerme un entreno a ritmo de carrera. Esto significa que, como el día de la carrera llegaré a esa zona con 65km en las piernas, no corrí ni troté en zonas en las que no podré hacerlo. De esta manera, cuidaba el tobillo y calculaba tiempos realistas para el gran día.
Me alegré mucho al llegar a La Rana (sí, esa roca en forma de... ¿Lo
adivinan? ¡Rana!, junto al Roque Nublo) en 2 horas. Ahí ya me dije que los
deberes estaban hechos, así que el resto del camino me lo tomé con algo
más de calma y tardé 21 minutos en llegar al Garañón. Total, 2h21' para reorrer 14km. No está mal.
Resumen del test de material:
La Salomon® Advanced Skin 12 Set (no había "pelas" para la nueva S-Lab) es muy cómoda, súper cómoda. Esta "Hydration Pack" se adapta al tronco superior perfectamente, como una camiseta, sin apretar, sin comprimir el pecho, deja respirar sin problema y tiene muchas posibilidades de ajuste con los enganches frontales. El acceso a los bolsillos laterales es muy bueno, aunque hay que acostumbrarse a la rotación de los hombros. Afortunadamente, tengo buena movilidad rotacional y llego perfectamente a las cremalleras de los bolsillos. Hablando de bolsillos, la mochila tiene un montón de espacio, de huecos y de bolsillos escondidos. Viene incluso de fábrica con una manta térmica guardada en un bolsillo que se cierra con un imán (esto me frena a la hora de meter allí el teléfono móvil, los imanes y el teléfono no se llevan nada bien). El compartimento principal es amplísimo, se cierra con una cremallera que se puede abrir por ambos lados. Existe además, otro bolsillo superior, junto al compartimento para la bolsa de hidratación, cerrado con cremallera, en el que se puede meter, cómodamente, una cartera, las llaves, el móvil y un pequeño botiquín (ésto último lo pondré fijo en el bolsillo de la manta térmica). Seguimos, en la parte trasera, también existe un bolsillo cerrado con cremallera en el que cabe, perfectamente, un chubasquero. Aparte de todos estos compartimentos, también hay unos bolsillos abiertos a ambos lados, por detrás de los laterales cerrados con cremallera y bolsillos en las dos cintas frontales, perfectos para meter geles y barras energéticas, unos abiertos y otros cerrados con un pequeño velcro. En esas cintas frontales también se encuentran dos compartimentos para botellas. He probado meter dos bidones de 800cc y caben, ajustados, pero caben perfectamente. Como usaré bolsa de hidratación (de la que hablaré ahora), en esos bolsillos pondré dos botellas de 500cc, una con Bebida de Recuperación Overstim·s sabor vainilla (¡Cosa rica, oiga!) y otra con comida líquida 640 sabor chocolate, también de Overstim·s, compradas en CanarySport.
El asunto de la bolsa de hidratación, fabricada por Hydrapak, es algo que se le debió haber ocurrido antes al inventor. El tubo llega por abajo, con lo que se reduce el camino del agua por él a la mitad. Además, para rellenar la bolsa no hace falta quitar todo el tubo. El sistema dispone de un empalme tipo "riego de jardinería" totalmente estanco, con lo que sólo hay que desconectarlo del tubo y sacar el compartimento aislante de la bolsa, rellenarla, volver a meter todo en la mochila y empalmarlo al tubo. Sencillo y perfecto. Además, no gotea.
Punto negativo de la mochila: junto a los bolsillos laterales, hay unos rebordes que no están unidos a la mochila y que sobresalen. Resultado: al cabo de muchos kilómetros, ese reborde roza la parte interna de los brazos, justo la piel más fina del cuerpo humano (después de los labios), con lo que podríamos acabar un ultra de 125km con serias rozaduras ("solladuras" en canario) muy dolorosas. Sinceramente, es lo único negativo que le encuentro aparte de no disponer de mis queridos bolsillos frontales y cierre frontal en cremallera.
Después de las buenas noticias que nos dió hoy Sergio con respecto a la mejoría de su lesión, puedo decir que ha sido un muy buen fin de semana. Buenas sensaciones para la The North Face® Transgrancanaria® 2014, primera prueba en la historia del Ultra Trail World Tour.
Bueno, comencemos
esta crónica como lo que es. Esta debería haber sido la crónica de un
entrenamiento, pero a resultas de que media isla “ultrera” estaba entrenando
por otras zonas, Sarito y yo decidimos ir a reconocer el tramo comprendido entre
las Casas Forestales de Tamadaba, Caserío de Tirma, Altavista y Artenara. Según
el perfil de la Transgrancanaria, son unos 24 kilómetros.
Como somos unos
remolones, salimos bastante tarde. De hecho, podría haber ido a entrenar con
Juan Carlos R. Q. y luego empatar con el
reconocimiento de ese sector de la carrera. Comenzamos a patear en las casas de
Tamadaba a las 12:28h en dirección Faneque. Esta vez, el track(KMZ, GPX, GDB) y el Garmin Foretrex 401 funcionaron
de maravilla. ¡¡¡Gracias Charlie!!!
El descenso
inicial hacia Faneque es divertidísimo y rapidísimo. De día, a medida que uno
se va acercando a las inmediaciones del Roque Faneque, la visión que aparece
entre los pinos es de vértigo. Cuando llegamos al cruce que debemos tomar a la
izquierda para descender hacia el Arco de Tirma, me doy cuenta de que el
sendero, que aparece a la izquierda, está señalizado con dos mojones, pero si
uno se despista, se pasaría de largo. Sarito decide seguir mientras yo me
detengo para dibujar y escribir con un palo en el suelo “<--TGC”, luego, entendí que con la “relentada”
(rocío) y la humedad de la zona, los pinos “ordeñarían” las nubes y todo eso se
borraría, así que busqué por la zona unas piñas y las coloqué sobre el dibujo
de la flecha, indicando la dirección del sendero.
El descenso hacia
el Arco de Tirma, que yo llegué a llamar en FB “Tagoror de la Agujerada”, es
vertiginoso,en la zona superior hay,
incluso, un paso que deberemos tomar con precaución el día de la carrera
(posibilidad de embudo y parón) ya que el sendero es estrecho y tiene un poco de
patio en el lado izquierdo. Tocará llevar el frontal a tope. Después de esa
zona, viene un descenso en “zigzag” que nos llevará a otra zona con mucha
piedra suelta en el sendero. En esa zona nos encontramos con el resultado de
una actividad muy propia de algunos desalmados de nuestra isla. Mojones
desmantelados. A ver, vamos a puntualizar. En una zona casi sin piedras, terrosa
y sin peligro, desmantelar un mojón, si bien no deja de ser una “capullada”,
tiene como resultado el que un caminante, al verlo, lo vuelva a colocar. Punto.
Pero desmantelar un mojón en una zona llena de piedras, haciendo que el sendero
deje de verse con claridad y, con el agravante de que a ambos costados de esa
loma hay sendos patios, sobre todo en la vertiente Norte, no es una “capullada”,
es una tremendísima temeridad. Un día alguien se va a hacer mucho daño, MUCHO
DAÑO y nadie va a decir “ups, lo siento”. Por esta razón, mientras Sarito
continuaba el camino, yo paré a rehacer los mojones, volviendo sobre mis pasos
para comprobar que desde el mojón anterior se veía el siguiente de una manera
clara. Esperemos que los próximos corredores que pasen por allí aún los vean.
Una vez llegamos
al tagoror (creo que lo es y si no lo es, pues me resultaría raro, ya que el
sitio es perfecto) del Arco de Tirma, nos encontramos con Rubén, del Club
TopArriba, que volvía a desandar el camino hecho ya que no encontró más
adelante el camino que ascendía al Caserío de Tirma. Nos despedimos deseándonos
suerte y felices fiestas y continuamos el reconocimiento.
Después del Arco,
el sendero continúa a la izquierda bordeando unos cantiles (cortados) en los
que el sendero llega a difuminarse un poco. De noche, habrá que tener mucho
cuidado en esa zona, sobre todo si el suelo está húmedo porque el patio que hay
en el lado derecho es importante. Me doy cuenta ahora de que para algunas
personas, la terminología montañera – escaladora podría no ser clara del todo.
Venga, llamamos “patio”, hablando claro, a un precipicio, es decir, un sitio por el que
uno podría “precipitarse” al vacío. Da igual si la caída es de unos 10 metros
como es el caso que nos ocupa, o 400 metros como podría ser el límite NW del propio
Roque Faneque. La cuestión es que en esta zona en la que nos encontramos, el
camino bordea estos cantiles en una zona muy “corrible”, de correr mucho, con
algunas leves subidas y escorrentías muy muy estrechas, inclinadas y donde, con
casi total seguridad, encontraremos otros embudos o retenciones durante la
carrera. Una vez llegamos al fondo de una barranquera, el camino se pierde.
Algo me dice que esta es la zona en la que Rubén no encontró la continuación
del sendero. Rodeando una gran roca, se advertía una zona con trebolinas
(tréboles) y un mini-mojón que tuve que agrandar para hacerlo más visible (otra
parada), que es por donde continuaba el camino. Después de esa zona, el camino
se hace totalmente evidente y a base de toboganes, continúa de manera rápida en
dirección a Tirma.
La llegada al
Caserío de Tirma se hace rodeando unos bancales y luego ascendiendo hacia la
casa. Allí nos alegró ver que estaba D. José y sus perros. Le pedimos agua y
él, muy amablemente no sólo nos dio agua de sobra, sino que nos indicó cuál era
el camino que debíamos seguir. He de reconocer que en este punto, las baterías
de mi GPS dijeron “basta”. Llevaba otras baterías de reserva, ¡¡¡Tranquilos!!!
Soy un “ultrero” descerebrado, pero no un inconsciente. También llevaba tres
frontales (un LedLenser® para mí, otro para Sarito y un Petzl® de reserva para un
“por si acaso”) y una batería de reserva para el móvil.
Al salir de Tirma,
aprovechamos la pista de tierra para comer. Llegamos a la curva del aljibe
donde se encuentra el sendero que asciende, a la izquierda, por el Lomo del Amo
(en este mapa
buscar cuadrante Horiz 3100500 – Vert 428500) cruzando la pista de tierra que
conecta Tirma con Tifaracás, continuando por ella hacia la izquierda durante
unos 100 metros y reconectando con el sendero en el lado derecho de una amplia curva
de izquierdas, ascendiendo hacia la Degollada de Los Pilones (en este mapa
buscar cuadrante Horiz 3099500 – Vert 429000). Esa ascensión es dura, casi
recta, aunque con algún que otro “zig-zag” y escalones. Al llegar a la Degollada de los Pilones, las vistas
nos sobrecogen. Delante nuestra está Altavista, a donde se llega por un sendero
claro. Hay incluso zonas en las que podemos trotar hasta que llegamos a los
amplios zig-zags llenos de piñas de pino y pinocha (pinaza). Al rodear
Altavista, podemos contemplar a lo lejos el recorrido de la transgrancanaria de
2013, toda la zona que va desde Artenara, Bentayga, El Chorrillo, El Roque
Palmés, El Toscón hasta El Aserrador. Al fondo, podemos ver el Roque Nublo, el
Pico de Las Nieves... la vista es espectacular.
Comienza a hacer fresquito y
nos ponemos algo de abrigo. Llevamos ya unas cuantas horas caminando y yo
descubriendo una zona por la que aún no me había metido nunca. Ahora ya es todo
sendero conocido. Soy muy feliz. Aprovechando los últimos minutos de sol,
sacamos fotos y continuamos hacia la Cruz de María. Al inicio del sendero hacia
el Lomo del Brezo, en la Cruz de Acusa, nos vemos obligados ya a encender los
frontales. Hemos calculado el tiempo al minuto. Esta vez, la subida hacia El
Brezo se me hace incluso corta, puede ser porque no miré para arriba, sólo
hacia el suelo. Al llegar arriba, después de 6 horas y 25 minutos, aún tenemos
fuerzas para trotar hacia la zona de los helicópteros y bajar trotando hacia Artenara.
Ahí, Sarito decide continuar caminando hacia donde habíamos aparcado el coche y
yo sigo trotando cuesta arriba para terminar con una mini-serie de 200m. Buen
reconocimiento, precioso paisaje. Recorrido de la The North Face Transgrancanaria 2014 totalmente reconocido y casi entrenado. Me encanta el
recorrido nuevo, Fer. Tiene de todo. Rápido, técnico, duro. Nuestra carrera de
casa tiene todo lo necesario para formar parte de la UTWT (Ultra Trail WorldTour).
Ayer lunes 4 de noviembre cometí uno de esos errores de trail-runner (corredor de montaña) que no se deben cometer. Regla 1: No reconocer tramos nuevos solo y de noche, sin conocer la ruta. De hecho, fui a reconocer el tramo Teror-Cruz Chica. Aparqué el coche en Teror y comencé a patear siguiendo el track recientemente publicado por The North Face Transgrancanaria. La primera parte, de muchas escaleras, fue sencillo, no tiene pérdida (aunque lo parezca al empezar las escaleras). Después, pateíto por la carretera hasta las casas y comienzo el ascenso a la Cruz de Hoya Alta (creo que se llama así, ya no me acuerdo, es la cruz esa que se ilumina en las Fiestas del Pino, sobre Teror). Desde ahí, ya con la noche casi encima y con mucha niebla, continué mi ascenso hacia el Talayón. Primera pérdida.
Tras dejar atrás un cruce de senderos, bien guiado por el track, encuentro un camino empedrado que serpentea alrededor de una finca medio abandonada y pierdo el sendero. Doy veinte vueltas por la zona, me meto por una puerta de finca, encuentro unos panales de abejas, etc. Decido darme la vuelta y dar por finalizado el entreno cuando encuentro a la izquierda el sendero.
Continúo el entreno, al menos, hasta encontrar la carretera que sé, por el Google Earth que está por arriba. Al cabo de un buen rato, dejando atrás un cercado, llego a una carretera de tierra donde me encuentro a un señor llamado Trino que me indica el camino que debo coger en dirección a Galaz. Sigo por el camino que él me indica y, al poco, junto a unas casas encuentro a otro señor, D. Olegario Quintana, que me dice que Medio Ambiente ha abierto el camino hasta Galaz. Bien.
Continúo por donde él me dijo y termino en una carretera de asfalto que conduce a una casa. Ahí debía haber mirado el móvil, porque en vez de cruzar la carretera hacia la derecha y ascender por el lomo que sube paralelo a esa "calle", me metí por la calle en dirección a la única casa que allí existe, poco antes de llegar a la casa, asciende por la derecha un sendero y me metí por allí. El track me decía que iba un poco desviado del camino, pero como esto ya me lo ha hecho varias veces mi GPS, decidí seguir. Terminé ascendiendo entre maleza por una vereda de cazadores (había cartuchos) que ascendía entre pequeños cercados. Hubo un momento en el que me ví que ni podía seguir ascendiendo, ni podía volver sobre mis pasos. Serían las 19:30. Noche cerrada, niebla y perdido sin poder salir del cercado aquel.
Decidí buscar por el borde del muro y encontré una tubería de plástico que recordaba haber pasado en mi ascenso y así pude encontrar la vereda por la que había subido. Desando todo lo andado, vuelvo a la carretera de asfalto y bajo por ella hasta llegar a una casa donde había luz. Pido ayuda y me dicen que por toda esa carretera, bajando, llegaría a la quesería de Madrelagua. Sólo oír el nombre de ese barrio me iluminó los ojos.
Bajé y llegué a un cruce (¡Mierda! ¿Y ahora?) llegué a la quesería y allí tuve que tocar en la puerta a un vecino. Muy mablemente el chico me indicó que por la carretera que lleva a la zona de Los Naranjeros puedo continuar y termino en el camino de la Trans que va al barranco de Madrelagua y desde allí, por las Rosadas, a Teror. Uffff, benditas palabras!!! Así hice y, después de haber cambiado las pilas del frontal, consegui llegar al coche a las 20:39.
Al llegar a casa, lo primero que hice fue ver dónde me había equivocado
de sendero, porque sabía perfectamente en dónde me perdí. Aquí, en azul,
la ruta buena de la Trans 2014. En rojo, el erróneo camino que yo
seguí:
Aún cansado y dolorido por lo que la ruta del UTMB hizo a mi cuerpecito, no
quiero que pase mucho más tiempo para relatar mis vivencias en La Carrera.
El Ultra Trail du Mont Blanc, como muchos saben, es considerada la carrera
de entre las carreras. Es el referente en las carreras de montaña y eso se ve
durante la última semana de agosto en Chamonix. Hay gente de todos los rincones del
planeta, europeos, americanos, asiáticos, africanos... sólo faltan los
pingüinos.
El viernes a mediodía, después de dejar el bolso del Courmayeur (es una
bolsa de plástico, no creáis que la UTMB da un Louis Vuitton –aclaratoria para
Transquejicas) en la ENSA, el alpinista tinerfeño Alfredo S. Ramírez González y un servidor nos dirigimos a ocupar
algún buen puesto en la línea de salida. Encontramos un hueco en el suelo,
aproximadamente en la posición 400. Puede parecer que ya teníamos por delante a
mucha gente, pero hay que tener en cuenta que a las 16:30 seríamos 2300
trailers trotando por las calles de Chamonix. El día, meteorológicamente hablando,
era espectacular: sol brillante, cielo azul, brisa fresca... eso, si te mueves.
Allí sentados en la Place de l’Eglise, "Lorenzo" nos iba sancochando poco a poco
hasta el punto de que algunos corredores optaron por levantarse y moverse hasta
posiciones más retrasadas, pero bajo unos toldos que les daban sombra. Gran
decisión, no como la mía, que preferí quedarme en el sitio (craso error que
pagué de madrugada).
El rato de espera estuvo amenizado por la señora Poletti (de cuya familia
nos volvimos a acordar este año alrededor del km 30 de carrera) que se metió
entre los corredores para darnos la mano y animarnos de viva voz en persona -se
agradece- y por la música que nos iban poniendo. En medio del alboroto general,
nos llegó de Champex-Lac una gran noticia de la CCC: Yeray Durán iba segundo.
¡Qué grande! A la postre, terminaría compartiendo la 5ª plaza con Txus Romón
después de haber pasado momentos duros en carrera. Yeray Titán López #concepto.
A la gran noticia, si es que se podía mejorar, se añadió la previsión
meteorológica: íbamos a tener sol y cielos despejados durante casi toda la
carrera. Pensé: “bien”. No me hacía gracia tener que pasar La Seigne, de noche,
en medio de la niebla.
Después de lanzar los últimos besos volados a Sarito y de llamar a mi hija
para decirle que la quiero mucho (lo que me dejó unas lagrimas en los ojos, lo
reconozco), la música bailonga dejó paso a un breve silencio que daría paso a
lo que todos esperábamos: Conquest of Paradise, de Vangelis. Uffffff, si tienes
sangre en las venas y te gusta el trail-running, esa melodía te pondrá sí o sí
los pelos de punta y quizás, como es mi caso, te haga llorar de emoción. En
esos momentos, te giras y le deseas buena suerte al corredor que está a tu
lado, lo conozcas o no, da igual, es un hermano de fatigas, va a sufrir más o
menos lo mismo que tú, en esta carrera, en estas distancias, en este deporte
del Ultra Trail, no hay rivales salvo las montañas, la meteo y el reloj;
aprietas bien la mano del vecino y le deseas “bonne chance”, “in boca al lupo”,
“buena suerte”, “good luck” mientras la música suena, desencadenando notas que
nos llevan hacia el momento de la verdad. Esas notas musicales sólo se
interrumpen para oír las palabras mágicas:
... y el estremecedor
grito de guerra y de ánimo de 2300 voces al unísono le ponen el vello de punta
a las 50.000 personas que se dan cita en Chamonix para presenciar la salida de
la UTMB.
Después de
haber estado en el UTMB del 2011 y ahora en 2013, tengo claro que el UTMB no es
sólo una carrera, es un evento que hay que vivir, desde dentro o desde fuera.
El UTMB es un destino turístico dentro de un destino turístico. Tan claro lo
tengo que ya he planeado (si todo sale bien y para entonces podemos hacerlo)
unas vacaciones con mi hija y con Sarito: hacer el TMB (GR 5) en unos 12 días,
con final justo la semana del UTMB, para que ella vea el ambiente y para que
viva en directo la emoción de la salida de La Carrera.
Desde dentro
del pelotón, lo que se vive en la carrera es un anticipo de lo que viviremos en
cada uno de los pueblos repartidos en los 168km del recorrido: gente que
durante este fin de semana vuelca sus recursos para hacernos un poco más
agradable el esfuerzo. Ahora, es un túnel de gente de todo el mundo animándonos
mientras nosotros, eufóricos, nos dejamos llevar de la emoción y trotamos a
unos 12km/h en dirección a la gloria.
Al dejar atrás
las calles de Chamonix, entramos en un parque y un bosque donde nos vemos
obligados a hacer una parada técnica (pipi-pause), quizás demasiado temprana ya
que en ese minuto nos adelantan cerca de 300 corredores. Da igual, en serio,
esta carrera es tan larga que no importa mucho cuántos te adelanten, la carrera
nos pone a todos en nuestro sitio.
En el sendero
nos encontramos con Alberto Vega, del club BichilloRunner y no puedo evitar
gritar “Ese bichillo!!!”. Lo sé, Alberto, allí nadie entenderá lo que eso
significa, pero da igual. Al entrar en
Les Houches ya empiezo a notar algo raro, preludio, me cuesta subir las
escaleras de madera que dan entrada al pueblo. ¡¡¡Uff, qué calor!!! No es que
hiciera canícula, pero yo ya siento calor con 27ºC en cotas de 1000m. Estoy
deseando llegar a los 2000m para respirar algo de aire fresco. Me paso de largo
el avituallamiento del km 8 porque llevo los bidones llenos y sé que en una fuente que hay en Motivon
puedo recargar agua. Al saltarme el avituallamiento, me quito de delante a unos
100 corredores y veo maillots que no veía desde antes de mi parada técnica.
Mola. Bajo el solajero de Alta Saboya, comenzamos a subir hacia el Col de Voza,
alternando pista de tierra con carretera de asfalto y, como ambas vías son
anchas, casi no hay sombra que nos cobije. No mola.
Como hace dos
años, junto a una curva de las últimas casas, los vecinos han dispuesto un
improvisado avituallamiento no-oficial en el que ofrecen agua y gominolas (pastillas de goma, Haribo®, etc.).
Evidentemente, cojo un buen puñado y las meto en el bolsillo. Ese aporte de
azúcar me vendrá bien más adelante, seguro. Ya he perdido de vista a Alfredo y
prosigo mi ascensión lento pero seguro. Llegando al Col de Voza, entablo
conversación con un norirlandés que quiere venir a correr la Transgrancanaria.
Seguimos subiendo hacia Le Delevret y vemos que los ganaderos han preparado un
puesto con agua. Increíble, cómo se involucra aquí todo el mundo. Que cunda el
ejemplo.
La bajada
hacia Saint Gervais es rapidísima e incluso peligrosa, bajamos por pistas de
esquí y no queremos destrozarnos los cuadriceps en este momento de la carrera porque
los necesitaremos más tarde, pero es inevitable ceder a la ley de la gravedad
cuando el sendero se inclina mucho más. Decido que puedo arriesgar un poco y me
dejo llevar por la velocidad para adelantar unos puestos y así no verme metido
en un embotellamiento cuando lleguemos a Motivon. Buena decisión. En las casas
de ese barrio hay otra fuente y algunos nos detenemos a cargar agua y
ahorrarnos las colas en el avituallamiento. El descenso culmina entrando en
Saint Gervais donde el pueblo nos recibe como a héroes. En esa localidad
francesa tengo el gusto de encontrarme con dos corredores catalanes con quienes
comparto un comentario sobre la música. Les hablé en español (el castellano no
se habla en España desde hace siglos) y me miraron atravesadísimos, ni me
contestaron, sólo siguieron hablando en su lengua materna. Tras ese momento, me
despedí de ellos en catalán y entonces sí me respondieron. Igualito que los
franceses con quienes pude hablar en inglés o los alemanes con quienes pude
hablar en francés. ¡Coño! Hasta los italianos me llegaron a responder en
español. Es cuestión de aperturismo mental. Yo sé decir cuatro cosas en catalán
y, si me dicen algo en catalán, procuro responder en esa lengua. Algunos saben
hablar en español, pero se niegan a hacerlo por “borreguismo” político. Como diría @Era_un_crass:
“tamamasla!”. Algunas personas
deberían leer el libro: “Written in Blood: Ethnic Identity and the Struggle for Human Harmony”
de Stephen Worchel.
En fin, choques culturales aparte,
dejé Saint Gervais y me adentré en la zona, para mí, más incómoda de la
carrera. El tramo no GR-5 entre esa localidad y Les Contamines. Ahí, comenzando
a anochecer, empecé a sentir las consecuencias de la inicial espera bajo el
sol. Cuando todo el mundo empezaba a ponerse más ropa, yo empezaba a sudar y me
sentía agobiado. Seguía trotando, esperando llegar a Les Contamines y, justo
después de pasar junto a la casa natal del descubridor de Neptuno, nos desvían
a la derecha (probablemente porque el río venía crecido y cubría el posterior
sendero) antes del puente. Ante mí, una interminable sucesión de lucecitas que
ascienden y ascienden hacia el cielo. Me quería morir. Yo creía que nos iban a
hacer subir el Mont Joly porque aquello subía sin parar, además, por asfalto.
Afortunadamente, la ascensión era sólo de un par de kilómetros y enseguida nos
volvieron a desviar y entramos en Les Contamines desde arriba. Miré el reloj y
vi que mis tiempos iban bien, ganándole un buen margen al reloj. Como no me
había podido parar en ninguna fuente a recargar, paré para meter agua y sales en
los bidones y me tomé una sopa calentita, saliendo a ritmo suave para no quemar
más azúcar antes de la subida al primer grande de la carrera.
Los fuegos de Notre Dame de La Gorge.
Poco después de Les Contamines, tras
cruzar el sendero del bosque y el Parc de Loisirs, empiezo a oír de lejos la
música y los cencerros, huele a barbacoa, señal inequívoca de que me acerco a
Notre Dame. En 2011, de madrugada, no había casi nadie allí, pero este año,
recién caído el sol tras las montañas, el pueblo entero estaba allí, con sus
antorchas, iluminándonos el camino. Hasta Arnau Juliá, ganador de la TDS 2013,
estaba por allí ¡Qué recibimiento! Son las cosas que te ponen los pelos de
punta y que hacen de esta carrera algo mayor aún que la propia prueba
deportiva. Tuve que grabar un vídeo.
Sale el sol y caminamos entre vacas.
Un pastor las ha sacado a pastar a primera hora de la mañana y ahí comprendes que
la vida en las montañas es dura, pero no está exenta de encanto. Algunas vacas caminan junto
a nosotros y vemos un cartel de la organización que nos advierte de lo evidente
“Ganado suelto en el camino”. Ya, ya nos habíamos dado cuenta, jeje. Alcanzamos
el punto de control de la Arête Mont Favre y me lanzo por el sendero que desciende hacia
Col Checrouit, el Rifugio Maison Vieille, vamos, la casa de Giaccomo (si haces
el TMB, pararás allí sí o sí, gran ambiente, riquísima comida y... la Grolla.
No preguntes, cuando pernoctes allí, pide después de la cena una Grolla y
diviértete). Al llegar al avituallamiento, recibo una de las grandes sorpresas que te
da esta carrera: cuando estoy a punto de salir, miro a mi alrededor y me
encuentro cara a cara con el gran Eolo. ¡¡Leches, no sabía que estaba aquí!!. Es
la primera cara familiar (aparte de Arnau Juliá) que veo desde Les Houches. ¡¡Qué
bien, un canario!!. Le pregunto que qué tal va y me dice que anda “j*dido”, que sólo
puede beber agua con gas porque no le entra nada de nada, que ha vomitado mucho
y que se va a tomar las bajadas con calma. Salimos juntos de allí e iniciamos
el descenso hacia Courmayeur. Ayyyy, el descenso hacia Courmayeur!!! Me remito
a la primera línea de este relato.
Esta vez gané yo... y que no sirva de
precedente
Como a mí se me da bien bajar
(jaaaaajajajajaja, ahora lo escribo y me parto) empiezo a bajar tranquilo, pero
fiel a la máxima de ir cómodo, decido seguir a unos que bajan más rápido,
adelantamos a un grupo de corredores y seguimos el polvoriento descenso que se
inclina más y más. En un momento, a toda velocidad (18km/h +ó-) tropiezo con
una raíz y vuelo hacia la pared de la derecha, me estrello contra un árbol con
el muslo derecho y en el valle se oye un “TLAS” tan fuerte que hasta los tres
que marcaban el ritmo del descenso se paran y me miran con pavor. Sus caras
dicen “a este lo sacan hoy de aquí en helicóptero”. Sí, sonó a hueso roto.
Quienes hayan visto la película “127 horas” o se hayan roto un hueso, o lo
hayan presenciado, sabrán a qué sonido me refiero. Afortunadamente, pese al
dolor, me dí cuenta de que ni me había desmayado, ni estaba llorando de dolor,
así que comprendí que, esta vez, había ganado yo y no el árbol. El sonido lo
había producido una rama que mi cuerpo y la energía cinética habían roto con el
impacto. Uff, me toqué el muslo y me dolió mucho, estaba totalmente hinchado.
De hecho, aún hoy me duele y ya ha pasado más de una semana. Ahí comprendí
también que en Courmayeur no podría cambiarme de pantalón. Si me veían los de
la organización con un moretón de ese calibre y quién sabe qué otra herida en
el muslo, eran capaces de sacarme de la carrera. Retomé el descenso cojeando
hasta que el muslo volvió a entrar en calor y pude trotar para entrar en la
localidad aostana con algo de dignidad.
En Courmayeur me reencuentro con Eolo
y comienzo el ritual de cambio de calcetines, limpieza de zapatillas, revisión
de plantas de pie, cambio de camiseta y térmica y recarga de comida. Como no
quería comer pasta, me había preparado un bocadillo de rösti. El rösti es algo
así como una tortilla de papas, pero sin huevo. Es un plato típico suizo (o de
los Alpes) que, después de prepararlo, metí en un pan y metí en el bolso de
Courmayeur. Tan pronto lo vi, lo metí en la mochila, cambié las pilas del
frontal y salí con Eolo. Total de la parada 47 minutos. Ya, un pelín
“demasiado” pero en el avituallamiento central de esta carrera no te puedes
dejar nada atrás y yo casi me olvido de las pilas.
Salimos de allí ascendiendo por las
calles hasta encontrar otra de mis fuentes. Una que hay a la derecha, junto a
unas casas, donde cargué los bidones y les metí sales. Saqué el bocadillo, le
metí un buen bocado y ví como Eolo se quedaba mirando. Le dije que si quería un
poco y aún habiendo vomitado todo alimento sólido que se metía, decidió probar
suerte y comió. Afortunadamente, le debió caer bien, porque hasta le gustó,
bueno, todo lo que te puede gustar un bocadillo de rösti a esas alturas de la
carrera. Comenzamos el ascenso al Rifugio Bertone. Siempre, siempre se me ha
atragantado esa subida. Hacía mucho calor y tuve que parar un par de veces.
Junto a una piedra, en una curva del sendero, veo dos cosas rojas pequeñas y no
me lo puedo creer. Dos fresas silvestres. Decido arriesgarme y me las como.
¡¡¡Cómo lo echaba de menos, qué sabor!!! Eso me da alas y un empujoncito
para arriba.
Entre los árboles, se empieza a
adivinar la zona previa al Bertone que, sorprendentemente, llega antes de lo
esperado. Le digo a Eolo que yo voy a parar allí para dormir unos 20 minutos.
Dicho y hecho, paramos, preguntamos si podíamos dormir, nos llevan al “dortoir”
donde ya había alguien durmiendo y nos acomodamos. Eolo, afortunado él, sólo se
quitó las zapatillas, se tumbó y a los pocos segundos ya estaba durmiendo. Yo,
entre tanta cola y gel de cafeína, intenté infructuosamente dormir. Aún así,
descansé algo las piernas y la mente, pero no era suficiente. No salí de allí
como en 2011, con las piernas frescas y con ganas de correr. Este año, los
repechos entre Bertone y Bonatti me parecieron eternos. Aún así, el trayecto
hasta el Rifugio Walter Bonatti fue divertido, corriendo y adelantando corredores. Al llegar allí, tuve que meter la cabeza bajo el chorro de la fuente y, por el
calor, no tomé sopa, pero sí cola. Otra vez estaba asado, agobiado.
Continuamos el camino y, tras beber un buche de agua con sales, mi barriga me
da un aviso. “Ay, que algo no funciona” me digo. Sigo caminando y trotando en el
descenso hacia Arnuva y, justo antes de entrar en el avituallamiento, Eolo se
para y, al volver me dice que ha vomitado. Está pálido. Entramos en el control,
me tomo otra cola, media barrita y lo que quedaba de un gel antioxidante. Antes
de salir, rumbo al Grand Col Ferret, Eolo me dice que va a llamar a su hija
para que le venga a recoger allí, que me marche yo. Me despido de él y comienzo
a ascender hacia el Rifugio Elena. Poco antes del refugio, el desastre, me tomo
un buche de agua y al cabo de unos segundos, lo vomito junto con la barrita y
el gel. Me limpio la boca con otro buche, le doy un mordisco a otra barrita y,
casi al lado del refugio, vuelvo a echarlo para afuera. Mis piernas no se
mueven, se me apaga la pila, me tengo que sentar o me caigo en el sendero,
encuentro una roca y me siento.
Estoy agotado. Me cuesta incluso levantar la
cabeza para saludar a los corredores que me adelantan. Por detrás, se acerca un
miembro de Protección Civil del Valle de Aosta y me pregunta que qué tal estoy.
Le digo que bien, que sólo quería reponer fuerzas antes de subir el Gran Col.
Se aparta unos metros y le oigo decir por radio mi posición y que tengo mala
pinta. Cojo el móvil y llamo a Sarito. Le digo que se acabó, que no puedo seguir
en carrera. No le comento lo de los vómitos ni lo de la caída para no
preocuparla. Me dice que lo intente, que si abandono y veo a la gente en
Chamonix con el chaleco rojo de finisher, me va a entrar magua. Cierto. Me dice que lo
intente hasta el próximo avituallamiento. Saco de nuevo el bocadillo de rösti,
lo abro, y me como el interior, las papas. Si tengo que vomitar, al menos
vomitaré algo sólido. Entran bien y parece que se quedan. En esto, en medio de
la conversación, Eolo, el ave fénix, aparece por el sendero. Le digo, “Eolo,
resucitaste!!” Respuesta: “Mi hija no puede venir a Arnuva, me recoge en
Champex, así que no tengo otra opción que seguir hasta allí, ¡Vamos!” le digo a
Saro que la volveré a llamar, que me uno de nuevo a Eolo y proseguimos la ascensión.
El Grand Col Ferret, con 2573m, es el
punto más alto del UTMB. Eolo, que sólo llevaba en Chamonix desde el martes,
acusa la altitud y le cuesta subir. Nos paramos varias veces, pero conseguimos
llegar al control. Él dice que se para allí, que yo siga. Durante el ascenso,
ha tenido que parar a vomitar de nuevo. Yo le digo que voy a bajar despacio y
que, como muy tarde, nos vemos en La Fouly. Esta vez, no corro en el descenso,
sólo camino. Varias veces me paro para ver si Eolo viene por detrás, pero hacerlo
muchas veces te condena a tropezar y caer por la pendiente. No es lugar para
tropezar. Sigo bajando y aprovecho para hacer una pipí-pause. Sin noticias de
Eolo, llego a La Fouly y entro con calma en el avituallamiento. Como sólo me
entra la sopa y la cola, me tomo dos tazas de ambas mientras espero a mi
compañero de fatigas (y nunca mejor dicho). Cojo unos trozos de chocolate y
pido una tercera taza de sopa. Al cabo de unos minutos mirando a la carretera,
esperando que aparezca Eolo en la distancia, salgo del avituallamiento,
malhumorado conmigo mismo. No sé si Eolo está llegando, o si se ha parado
arriba, no me gusta dejar atrás a un compañero, pero no sé dónde está, no tengo
su número de teléfono y tengo que seguir. Caminando, por si acaso, continúo mi
camino en dirección a Praz de Fort.
Dejando atrás el pueblo de casitas de
madera, de cuento, me paro en un banco que hay antes de Issert para ponerme el
frontal porque, a lo tonto, está empezando a oscurecer.
Después de Issert, la noche cae a
plomo y me uno a una pareja de ingleses que ascienden a buen ritmo hacia
Champex-Lac. Allí dormiré porque ya empiezo con los bostezos y hace tiempo que
no tomo ningún gel de cafeína, para poder descansar. La ascensión se me hace
corta, llegamos a la carretera y entramos en el avituallamiento. Lo primero que
hago es preguntar por el “dortoir” para poder dormir. Me llevan, me quito las
zapatillas y me tumbo en el colchón. No me quito el chubasquero porque el
colchón está húmedo de sudor. Me apoyo en la mochila, pongo la alarma para 25
minutos y cierro los ojos.
Alba gu bragh!!!!
De fondo, suenan voces, alguna alarma
de otro corredor, el rumor general de un avituallamiento grande como el de
Champex. De repente, oigo una gaita escocesa. Pienso que debo tener ya delirios
por culpa del sueño o la deshidratación. A la gaita la acompaña un tambor.
Pienso “estoy fatal, 9 meses en Escocia dieron de sí en la Universidad". The
lone piper ya no es tan “lone” y lo que suena ahora, acercándose, es una
auténtica banda de gaiteros con sus tambores y todo. Me incorporo, no puedo
dormir, amo Escocia y el sonido de las gaitas, pero no a la hora de dormir.
Levanto un poco el toldo para asegurarme y veo que llevan hasta un estandarte.
Me levanto, me calzo las zapatillas, me pongo la mochila y salgo de allí. Le
comento a un miembro de la organización que soy un fanático de Escocia y de su
cultura, pero también le recuerdo que justo al lado de donde está tocando la
banda de gaiteros, hay corredores que llevan en el cuerpo 124km y están intentando
dormir un poco. Asustado, se da cuenta y corre a avisar a los músicos.
Sorry
mates, luv the pipe tunes but 'em runners’re tryin’ to get some sleep.
Me tomo un café, dos tazas de cola,
una sopa caliente que me abrasa los labios y retomo el camino, no sin antes
mirar entre las caras a ver si veo a Eolo. Nada, en ese momento me hago a la
idea de que Eolo ha abandonado y no le culpo por cómo iba desde Col Checrouit.
A patear.
Como no he podido dormir en toda la
carrera, entro en fase “camina o revienta”. Tran-tran sin parar y, en los
avituallamientos, sólo detenerme para beber cola y salir con la taza de sopa en
la mano. Al cabo de unos 100 metros, me doy cuenta de que no he cargado agua en
los bidones. Sé que en Champex hay una fuente, pero desconozco si el agua es
potable o no. Pregunto a un lugareño y no me sabe responder. Pierdo una media
hora, pero termino entrando en el restaurante de enfrente, haciendo que todas
las cabezas de allí se giren, y le pregunto a la dueña. Me dice que sí, que es
potable. ¡Bien! Vuelvo a la fuente, cargo agua, meto sólo un sobre de sales y
retomo el camino hacia Bovine con un francés que habla muy buen inglés (sí, sí, van llegirbé, moment "estel-lar", una persona queparla un altreidioma queno és el seu ¬¬). En un
determinado momento, le digo que me tengo que parar porque he de hacer algo más
que una pipí-pause, él sigue. Tras el mismo banco que en 2011, también de
noche, planto otro pino en el bosque de Champex. El de hace dos años le vino
bien, había más verde en esa zona. ;)
La ascensión a
Bovine no la recuerdo porque sólo la había hecho una vez: en 2011, con Sarito,
la hicimos caminando con las mochilas de senderismo. En aquel año, el día de la carrera, una
tormenta se había llevado por delante el camino y nos desviaron a Martigny.
Este año, volvía a encaminar mis pasos hacia esa montaña y no recordaba cómo
era. Brutal. Las rampas que ascienden a Bovine después de cruzar el torrente de
agua son tremendas. Auténticas paredes de piedras blancas y tierra. No es
incómoda de subir, es sendero y punto, pero la pendiente es terrorífica. Por
otro lado, pensé, "cuanta más pendiente, más pronto se llega arriba". Yo seguía las
piernas de un francés que subía como podía. Y no es para menos. Al cabo de unas
cuantas curvas, se acaban los árboles y se ven más frontales allá arriba. En la
inmensidad de la noche, se oyen los cencerros de las vacas e intuimos que están
justo al lado del camino. Otra vez encontramos el cartel de la organización
avisándonos de que allí hay ganado en libertad. Un kilómetro más adelante, la
sorpresa de la noche: la organización, desdiciéndose del aviso de semanas
atrás, coloca un punto de avituallamiento simple (sólo agua y cola) antes del
Alpage Bovine, nos dicen que es algo excepcional. Bebo una taza de cola y agua con gas, para evitar problemas con
el agua de mis bidones. Continúo el ascenso hasta el Alpage y me encuentro de
nuevo con las brutales rampas que llevan al Portalón. Una vez lo cruzo junto a
un grupo de corredores, comienza un camino sinuoso en progresivo descenso que
nos llevará al cabo de unos 7 kilómetros que se me hacen eternos, hasta la
localidad de Trient previo paso por el Col de la Forclaz (¿Les suena de la ropa
Quechua?). En el descenso me reencuentro con una pareja de catalanes (de los
que sí hablan español, aparte de su lengua materna) que hacía más de un día que no veía. Como voy un poco
más rápido y un francés se lanza en el descenso, tiro para adelante y me pego a
él. Al cabo de varias curvas, se frena y yo sigo en búsqueda de los otros
frontales que van por delante. Poco antes del Col de la Forclaz les doy alcance
y continúo con ellos hacia Trient. En la bajada, hice lo mismo que hace dos
años: como son escalones altos, aprovecho para estirar en cada escalón los cuadriceps
¿Cómo? Sin saltar, bajando los escalones de una manera natural y aprovechándome
de mi (corta) estatura para dejar a cada paso un pie atrás y arriba, estirando el
músculo. Llego a Trient y me meto en el avituallamiento sabiendo perfectamente
lo que voy a hacer. Saco la taza, entro, voy directo a la sopa, pido una
ración, me la bebo de camino a los refrescos de cola, por el camino, mis ojos
se fijan en el queso y en unas galletas. Como en 2011, hago caso a mi ojos y
cojo el queso, las galletas y me los como; llego a los refrescos y me bebo dos
tazas de cola, vuelvo a la sopa, pido otra ración en la taza y salgo del
avituallamiento. Total: 1 minuto y medio; 200 corredores menos por delante.
Tiro directo
hacia Catogne, la subida de los eternos zig-zags. Al inicio del camino me
reencuentro con la pareja de ingleses con quienes subí a Champex, les adelanto
y encuentro un grupo de franceses que suben a buen ritmo, me uno a ellos y
espero que la subida no se me haga larga. Suben a un ritmo generoso que puedo
mantener, aunque “con el gancho puesto”. Aprieto los dientes para no perder
ritmo y les acompaño hasta arriba. Se me ha hecho largísimo. En Catogne hay un
avituallamiento con una hoguera y ellos se paran, yo aprovecho y me lanzo para
abajo, conservando las piernas, que ya duelen porque noto incluso pequeñas
piedras en la planta de los pies.
En la bajada hacia Vallorcine, me encuentro
con un asiático que baja muy rápido y decido seguir su ritmo. Al cabo de unos
cientos de metros, se resbala y casi se cae por el terraplén. El piso del
sendero (que parece una acequia de unos 20cm de profundidad) tiene piedras
lisas que con la humedad de la zona resbalan muchísimo. Estoy a punto de caerme
y decido bajar por uno de los laterales superiores del camino, dándome cuenta
de que no soy el primero que lo hace. Adelanto al asiático y sigo mi camino
hacia la última localidad suiza de la carrera mientras el cielo vuelve a
aclararse y el sol empieza a abrirse paso entre las montañas.
En el descenso
final a Vallorcine, encuentro a un grupo de corredores que bajan a buen ritmo,
conservando pero sin pararse. Como la bajada es complicada por las raíces, me
uno a ellos, sabiendo lo que ocurrirá en el avituallamiento. Poco antes de
llegar abajo, apago el frontal y me deleito con la visión de las montañas
iluminadas por los primeros rayos de sol. Entro en Vallorcine.
Igual que hice
en Trient, el avituallamiento de Vallorcine es sencillo: taza, sopa, cola,
queso, cola, sopa y ¡Au revoir!. En el avituallamiento, un español me espeta:
“Ya está todo el pescado vendido”. Le respondo “ahora sólo hace falta cortarlo;
arrastrarse hacia arriba y rodar hacia abajo”. Risas. Oigo a uno que dice
“venga, que Chamonix ya está ahí”. Vuelvo a agobiarme por el calor. Salgo del avituallamiento en dos minutos,
otros 200 corredores, más o menos, que me he quitado de delante. Encamino mis pies hacia el Col de Montets sin prisa pero sin pausa.
Llega la hora
de la verdad, la Tète Aux Vents. Las 86 curvas de herradura y escalones de
infarto que nos harán salvar 700m de desnivel en 4 kilómetros. Para saber si
estás cerca de la cima, sólo hay que mirar al Mer de Glace. ¿No lo ves? Eso es que aún te
queda mucho. El camino se empina al cabo de la curva 4 y casi no pierde pendiente
hasta llegar arriba. Por el camino dejo pasar a un chino que sube con una chica
no corredora (¿No estaban prohibidos los acompañantes?) y que lleva un ritmo más rápido.
Durante la ascensión, me encuentro con otro Pascal (lo mío de terminar con un
corredor francés llamado Pascal se está convirtiendo en un vicio), que tiene
pinta de ultratrailer de los de la antigua escuela: pelo largo canoso, barba de
una semana, flaco, espigado, que se dedica a responder "coñas" a todo aquel que grite
desde abajo. En el grupito, las risas son generalizadas. Se hace amena la
ascensión cuando hay buen rollo alrededor. Un buen rato después, vemos por fin
a lo lejos la caseta de campaña de los Gendarmes de Alta Montaña de Chamonix. Nos
paramos para que nos hagan el control de chips y nos dan refresco de cola y
agua. No me paro, sigo caminando hacia La Flegere, voy en modo “camina o
revienta” y quiero llegar ya. Tengo claro lo que haré en el último
avituallamiento y control.
El camino hasta La Flegere es incómodo, no se
equivoquen, es muy pedregoso, para arriba, para abajo, sendero estrecho, rodeando
pedruscos y, por fin, una penúltima ascensión por pista de tierra. Paso el
control de chips. Uff, ya casi está. Me siento, me quito las zapatillas y los
calcetines, saco un montón de pequeñas piedras del fondo de las zapatillas,
quito incluso las plantillas y descubro más piedrecillas bajo estas. Me aseguro
de dejar las zapatillas y las plantas de los pies completamente limpias. Me
vuelvo a calzar, ¡¡¡Ahhhhh, esto es otra cosa!!! Tomo dos vasos de cola y me
dirijo a la última subida del día. Parece mentira, pero justo después de La
Flegere hay una cuesta de 50m de longitud pero que es una condenada pared. Tiro
de bastones apretando los dientes y, cuando termina, me paro, coloco los
bastones en la mochila y me tiro al descenso como un poseso. En la bajada me
siento muy bien, he recuperado piernas y tengo ganas de llegar ya. Sé que puedo
tardar menos de 44 horas si corro. Adelanto a un grupo de franceses,
pidiéndoles paso desde lejos. Me dejan libre el camino, les doy las gracias y
les llamo “finishers” a lo que responden con un “oui” generalizado.
En la
cafetería La Floria nos reciben con aplausos y veo a dos corredores sentados
tomándose una cerveza, claro que sí, “like a boss”. Sigo mi descenso
encontrándome con senderistas que suben y que se apartan, me siento fuerte, por
fin me divierto después de 30 horas nada agradables. Pienso en Eolo y espero
que haya recuperado y que termine. Llego al Petit Balcón Sud y encuentro la
pista de tierra, horquilla de izquierdas, recta, horquilla de derecha y a bajar
entre el aplauso de otros senderistas y excursionistas, noto una piedrecilla
que se ha colado en el zapato, pero ya no me importa. Subiendo por la pista de
tierra veo unas caras conocidas, ¡¡Qué alegría!! Laura Barrera y Yurena Castrillo. Me
paro y me felicitan. ¡¡¡Qué bueno!!! Sigo bajando con ganas, con renovadas
fuerzas después de encontrarme con amigos y, cuando llego al asfalto, el
sorpresón: Alejandro, del blog “Los Km de Ale” y su pareja, Meiga, me están esperando
en las calles aledañas a Chamonix. ¡¡¡Grandes, chicos, grandes!!! Me acompañan
corriendo por las calles hasta la misma entrada del paseo, bajo el arco de
Vibram. Allí, me dice Ale que ese es mi momento, que lo disfrute, mientras,
ellos seguirán corriendo al otro lado de la valla.
El momento de entrar en
Chamonix es inenarrable, los niños estiran la mano para tocarte y que les
choques la mano, la gente te mira el dorsal y te llama por tu nombre; ya no te
dicen “bon courage”, ahora te gritan “Bravo, Daniel, Bravo, finisher!!!” Me
empiezan a caer las lágrimas, cruzo la calle y adelanto a un par de corredores
más mientras corro junto a un japonés, entramos juntos en las calles del centro
de Chamonix, directos hacia el reloj, le paran unos paisanos para darle una
bandera de Japón y yo sigo corriendo, rodeo la Place Balmat y empiezo a hacer
el avión. Al pasar junto a La Poste, veo la llegada, me paro, me tengo que
llevar las manos a la cara y lloro, lloro de emoción y
de dolor. Sarito me había mandado un sms y allí está, junto a la farmacia (¡Cómo no!), me
entrega la bandera de mi isla, Gran Canaria, le planto un beso en los morros a
Sarito y engancho los pulgares en las argollas de la bandera, elevo los brazos
y corro para que vuele sobre mi cabeza, entro corriendo, con
dignidad, como dice Carlos Ultrarun, con la cabeza bien alta.
Lo he logrado, la
he vuelto a armar, después de 43 horas 24 minutos y 29 segundos, soy finisher
del Ultra Trail de Mont Blanc… y ya van dos. En meta me reencuentro con
Sarito, con Alfredo, con Alberto, con Ale… es un momento especial. En este UTMB no he
disfrutado tanto como en 2011, de hecho, para menos kilómetros que entonces, he
tardado 3 horas y media más. Pero da igual, he llegado y prometo volver. Sí, UTMB... algún
día volveré, porque ahora sé que lo de 2011 no fue suerte. Ahora sé que
puedo superarte y superarme. Ahora sí que me creo un ultra-trailer.
Gracias!!!! A todos los que en algún momento de la carrera, entrenamientos, preparación, seguimiento por facebook, twitter, etc., han estado ahí, muchas, muchísimas gracias!!!!!